La diferencia entre ser culto y ser inteligente

“Ser culto” y “ser inteligente” se consideran estados distintos del intelecto. Uno se refiere a la “cultura” que posee una persona y el otro tiene connotaciones un tanto más científicas, como una característica casi fisiológica que puede medirse y cuantificarse.

Así, alguien es culto por los libros que ha leído y recuerda, por la calidad de su vocabulario, por las películas que ha visto e incluso por los viajes que ha realizado. Culto es aquel que se ha cultivado, como un campo, para obtener para sí los mejores frutos de la civilización. Desde una perspectiva en la que se combinan los proyectos más ambiciosos de Occidente —de los valores de la antigüedad clásica al humanismo del Renacimiento, el cristianismo y la Ilustración—, una persona culta también es compasiva, empática, solidaria, amable y quizá hasta sabia. En pocas palabras, hay toda una corriente de pensamiento que ha defendido que el ser humano se vuelve tal sólo gracias a la cultura.

La inteligencia, por otro lado, se ha pensado y estudiado sobre todo como una cualidad inherente al hombre como especie. Nuestra inteligencia es resultado de la evolución y, por lo mismo, todos los individuos la tienen. Desde un punto de vista científico, la inteligencia explica que seamos capaces de leer o ver una película, pero también sumar o restar cantidades, y que podamos manejar un automóvil o atrapar una pelota.

Curiosamente, por razones que no son del todo claras pero quizá se expliquen por el clasismo de ciertas sociedades, en ciertas circunstancias la cultura y la inteligencia pueden aparecer enfrentadas. Dado que la cultura se convirtió en un bien asociado a las clases privilegiadas —la nobleza o la burguesía, por ejemplo—, también se ha utilizado como una suerte de discriminador, una forma de distinguir entre una persona que tuvo acceso a dicha cultura —a ciertos libros, ciertas escuelas, ciertos viajes— y otra que no. Cuando la cultura se usa de esa manera, es previsible que se convierta en una categoría deleznable. Seguir leyendo «La diferencia entre ser culto y ser inteligente»

El miedo, la barrera hacia el amor

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Creo que todos estamos de acuerdo en que amar implica cierto riesgo a ser lastimado… El amor es apertura y expansión. Sin embargo, el miedo puede llegar a impedir que aceptemos ese riesgo.  Seguir leyendo «El miedo, la barrera hacia el amor»

6 señales de que eres el tipo de persona que debería viajar sola

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Viajar solo te enriquece de una forma que no sería posible si tuvieses compañía. Si no estás hecho para hacerlo, en el mejor de los casos lo encontrarás una experiencia aterradora; en el peor caso, una experiencia deprimente. Aquí te dejo seis señales de que quizás esto sea lo tuyo: Seguir leyendo «6 señales de que eres el tipo de persona que debería viajar sola»

Desesperados por relacionarnos

El encuentro con el otro completa una parte esencial de nuestras vidas. Eso no implica olvidar la propia identidad ni tener que estar pensando siempre en agradar.

La sociedad de consumo ha creado el imperio de la caducidad. Esto se ha trasladado a las relaciones. No solo los productos caducan, algunas relaciones también. Han desaparecido los referentes de nuestras certezas y nos invade la incertidumbre. Hay quien teme establecer relaciones duraderas. Porque los vínculos son frágiles y parece que dependen solo de los beneficios que generan. Son relaciones efímeras, sin compromiso. Satisfacen puntualmente ciertas necesidades. Son relaciones de desconocimiento mutuo y de uno mismo.

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10 señales de que tienes una relación tóxica

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1. Tu crecimiento personal no puede desarrollarse en la relación

Las relaciones sanas ofrecen un refugio seguro para el crecimiento personal. Aquellos que sienten que su propio crecimiento y felicidad deben ser sacrificados para la supervivencia de la relación, frecuentemente se encuentran a sí mismos yendo en la dirección equivocada en el amor.

2. Sientes como si la vida estuviera siendo extraída de ti

¿Has oído hablar de vampiros emocionales? Estos indecorosos personajes prosperan mientras extraen la energía y la vida de otros. Si sientes que estás en una relación que te saca todas tus energías y te deja exhausta y consumida, ten presente que rara vez habrá un final feliz.

3. Siempre eres la culpable

Si estás con alguien que tiende a culparte por sus enojos y problemas y gastas mucha energía en defenderte o en tratar de ser comprendida, deja de esperar que esto mejore. Más bien te hará más daño. Después de todo, a nadie le hace sentido el sinsentido.

4. Una persona tiene la mayor parte del poder sobre ambos

¿La persona que amas tiene demasiado poder sobre ti, además del poder del amor? Un evidente signo de una relación tóxica es cuando alguien tiene más poder sobre ti del que tú tienes sobre ti misma. Recuerda: nadie tiene poder sobre ti, ¡a menos que se lo des!

5. Justificas el comportamiento de tu pareja

Las relaciones insanas están llenas de negatividad y sacan lo peor de las personas en vez de lo mejor. Humillaciones, críticas e insultos son ejemplos de abuso emocional. Jamás deberían ser tolerados.Nadie merece ser tratado así, y nunca intentes justificar a alguien que te trata así.

6. Estar obsesionado se confunde con estar enamorado

Ten cuidado con la posesividad y con los celos, ya que son signos de alguien que está obsesionado más que enamorado. Si no hay una base de confianza en la relación, puedes confiar en que tendrás problemas. Seguir leyendo «10 señales de que tienes una relación tóxica»

¿Das más que recibes?

Entregados y egoístas; altruistas y cicateros; cada uno tenemos un papel a la hora de dar y de recibir. Conocerlo bien es clave para el éxito

Aunque dar y recibir son dos aspectos de la interacción humana que deberían estar en armonía, lo cierto es que hay personas más propensas a dar a los demás y otras que reciben mucho más de lo que ofrecen. Sin embargo, no siempre somos conscientes del rol que desempeñamos, ni sabemos identificar cuál es la tónica de los demás.

Adam Grant, profesor de la escuela de negocios Wharton School, en Estados Unidos, estudia este aspecto fundamental del intercambio entre seres humanos y revela unos resultados sorprendentes.

Grant, que además de docente es psicólogo, clasifica a las personas en función de cómo se relacionan con su entorno.

Donantes. Son aquellos que dan por sistema a los demás, en muchos casos para obtener su cariño y aprecio. Este grupo se divide a su vez en dos subgrupos que se analizarán más adelante.

Receptores. Son los que reciben los favores del resto, ya se trate de dinero o de tiempo, y lo hacen en una cantidad notablemente superior a lo que devuelven.

Equilibradores. Buscan una armonía entre lo que aportan y lo que obtienen, y están atentos a las interacciones según este criterio. No es la tipología más común.

Falsos donantes. Bajo una máscara de generosidad, su estrategia es dar uno y quitar diez. Suponen una amenaza mayor que los donantes porque actúan de manera encubierta.

Un primer paso para darse cuenta de cómo son nuestras relaciones con los otros sería identificar nuestro papel entre estos cuatro grupos y, acto seguido, tomar conciencia de qué tipo de personas nos rodean.

Sin duda, cualquiera ha ejercido alguna vez el papel de donante y ha ayudado a receptores que a menudo no dan ni las gracias. Grant les define a estos últimos de la siguiente forma:

“Los receptores tienen un rasgo característico: les gusta obtener más de lo que reciben. Inclinan la reciprocidad a su favor y ponen sus intereses por delante de las necesidades de los demás. Creen que el mundo es un lugar competitivo, una auténtica jungla donde los unos devoran a los otros. Piensan que para alcanzar el éxito tienen que ser mejores que el resto. Para demostrar su valía, se promocionan a sí mismos y procuran que sus esfuerzos reciban los elogios que se merecen. No son crueles ni despiadados; son simplemente cautos y poseen un gran instinto de autoprotección. “Si no pienso en mí y me pongo por encima de todo lo demás”, piensan, “nadie lo hará por mí”.

Curiosamente, los receptores no siempre llegan a los puestos más altos de sus estructuras, como menciona Grant en un estudio estadístico realizado por expertos en ciencias sociales. La primera conclusión de esta investigación es que los donantes suelen ocupar la parte más baja del escalafón en todas las profesiones. Quien se ocupa de darlo todo es, lógicamente, quien menos dinero tiene y raramente alcanza puestos de responsabilidad. En la punta de la pirámide del éxito, sin embargo, no están ni receptores ni equilibradores.

Así como los donantes están instalados en la parte baja de la pirámide, los otros dos grupos ocuparían un lugar intermedio. Entonces, ¿quién reside en la cúspide?

Nuevamente los donantes.

¿Pero cómo es posible? ¿No habíamos quedado en que los que ceden ocupan la parte inferior de la tabla? La respuesta es: sí, pero se trata de cierto tipo de donantes cuya generosidad les ayuda a alcanzar el éxito.

Para entender por qué hay una clase de donantes en el escalafón más bajo y otra distinta en lo más alto de la pirámide, hay que analizar cómo funciona cada subespecie.

Donantes estrella. Son aquellas personas con criterio para gestionar su generosidad de forma inteligente. Saben cuándo dar, con quién, cómo y a cambio de qué. Pertenecen a esta categoría los inversores que apuestan por una start-upy ven multiplicados sus ingresos, los que cultivan relaciones que les reportan contactos beneficiosos, o los que realizan donaciones a cambio de prestigio social para ellos o para su marca.

Felpudos. Este término acuñado por Grant define a los que dan indiscriminadamente, de manera que su actitud se toma como una enfermedad, algo que necesitan hacer para sentirse bien. Su entorno se acostumbra a la generosidad permanente hasta el punto de que sus donaciones dejan de ser valoradas. Al contrario, si un día no dan algo, entonces son señalados como seres crueles e injustos. El apelativo “felpudo” encaja bien en este perfil, ya que al final todo el mundo les pisa.

La diferencia básica entre ambas clases es que los felpudos establecen relaciones asimétricas, mientras que los donantes estrella obtienen beneficios, aunque sea a medio o largo plazo, de su generosidad. En palabras del escritor Stephen Covey, estos últimos operan desde el win-win, es decir, son capaces de establecer relaciones en las que todos ganan.

Para tener una relación saludable con el mundo no hay que señalar culpables. Ni siquiera se puede hablar de buenos y malos, dado que la mayoría de personas no son conscientes de qué rol ejercen, sino de las decisiones acertadas o equivocadas que parten de uno mismo.

Como dice la sabiduría popular, cada uno es “responsable de lo que le sucede”, ya que cada actitud tendrá un impacto en el comportamiento del otro. Por tanto, el primer paso para sanar la adicción a dar es asumir que se está desempeñando ese papel sin ver compensación alguna, como sería el caso del donante estrella. Hay una serie de medidas que se pueden tomar para lograr unas relaciones más justas y saludables.

Saber qué nos impulsa a ceder. ¿Por qué entregamos lo mejor que tenemos a todo el mundo constantemente? En palabras de Antoni Bolinches, “el origen suele estar en una falta de amor en la infancia. Las personas que han recibido poca atención de su padre o de su madre cuando eran niños, de adultos buscarán el amor en todo el mundo e intentarán comprarlo a través de una entrega enfermiza”.

Detectar a los vampiros. Si hay receptores en el entorno que no paran de exigir, hay que saber apartarse de ellos a tiempo y frecuentar otro tipo de compañías.

Esperar la ayuda. Aunque sorprenda, la inmensa mayoría de las donaciones se llevan a cabo a propuesta del donante, que ofrece su dinero, su tiempo o sus contactos para ser útil. Si ayudamos solo a quien lo pide expresamente, habremos eliminado ya hasta un 90% de las donaciones.

Dar a quien lo merece y necesita. El último paso en este proceso curativo sería elegir bien a quién damos. La primera pregunta que debemos plantearnos es si nuestra relación con el receptor justifica la donación. En segundo lugar, plantearnos si nuestra ayuda es realmente necesaria, o bien la persona puede procurarse lo que reclama por sus propios medios.

De lo que se trata, al final, es de establecer relaciones justas con los demás y con uno mismo, y de que cada persona asuma sus responsabilidades. Llegados a este punto, ya no hablaremos de dar y recibir, sino de compartir la vida con toda su riqueza.

Francesc Miralles

vive tu sueño beachVive tu sueño y no sueñes tu vida ¡3ª edición!
“El destino me ha llevado a descubrir este libro cuando más necesitaba  palabras llenas de energía y de luz. Ha sido un vaso de agua fresquita en mi desierto alpino.” (Elena)
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El poder de los besos y los abrazos a los hijos

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¿Alguna vez te has sentido tan mal que sólo un abrazo de alguien querido te ha podido ayudar a sentirte mejor? Los besos y los abrazos tienen un gran poder emocional en las personas y es que nos reconfortan y nos hacen sentir bien. Los niños desde el nacimiento necesitan los besos y los abrazos de sus padres para poder tener un buen desarrollo psico-afectivo. Seguir leyendo «El poder de los besos y los abrazos a los hijos»

La vida como aprendizaje

            

“La verdadera profesión del ser humano es encontrar el camino hacia sí mismo” Hermann Hesse

La vida es un proceso pedagógico cuya principal finalidad es crecer, madurar y evolucionar como seres humanos, aprendiendo a ser felices por nosotros mismos, de manera que sepamos cómo amar a los demás y a la vida tal como son. Seguir leyendo «La vida como aprendizaje»

La ciencia respalda el viejo consejo de “nunca te vayas a dormir enfadado”

Al cerebro le cuesta más borrar los pensamientos negativos después de haber dormido.

El día ha sido horrible y te llevas el mal humor a casa. Con mala cara y mal tono, una cosa lleva a la otra y acabas discutiendo con tu pareja. Entonces tenéis dos opciones: hablarlo o meteros en la cama y dejarlo para mañana. Lo más probable es que elijáis la segunda, porque la primera puede llevar a discutir más y que las cosas acaben peor. Pero estaréis decidiendo mal. Y no lo decimos nosotros, lo dice la ciencia.

Un estudio publicado recientemente en la revista Natura Communications ha concluido que aquello que nos decían nuestras madres cuando eramos pequeños de “nunca te vayas a dormir enfadado” es un buen consejo y tiene un porqué científico.

Los investigadores de la Beijin Normal University (China) querían probar cómo suprimían sus sentimientos los 73 estudiantes. Para ello, lo primero que tuvieron que hacer los participantes fue asociar de caras con expresiones neutrales con imágenes inquietantes como personas heridas o niños llorando.

La segunda prueba, que consistía en volver a ver las caras y o bien pensar en la imagen con la que la habían asociado o evitar pensar en ellas, se repitió en dos ocasiones. Primero a los 30 minutos y después a pasadas 24 horas. Mientras tanto, los investigadores analizaban el cerebro de los participantes con escáneres.

Los resultados mostraron que cuando solo había pasado media hora, los participantes habían logrado borrar las imágenes negativas con mayor facilidad. Mientras que al haber pasado un día, les resultaba más difícil.

Los escáneres cerebrales dieron la clave de porqué ocurría esto. Cuando solo habían pasado 30 minutos y los participantes debían someterse a la segunda parte del estudio había más actividad en la zona del hipocampo, que es el centro de la memoria del cerebro. Pero cuando habían pasado 24 horas y respondían a la misma pregunta, la zona más activa se había distribuido por la corteza cerebral.

Esto desveló que, mientras los participantes dormían, estos recuerdos se había asentado en su cerebro y se habían consolidado.
Por lo tanto, sea con la pareja o con quien sea, lo mejor es esperar a que pase el enfado para después irse a dormir.

Fuente: La Vanguardia

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