Etiqueta: bienestar

Lo único que queremos todas es ser amadas

Desde un perro en una jaula.
Hasta una chica que separa el jersey de su barriga cada dos segundos para que no se marque.
Esa es la puta mierda que hacemos al resto.
Hacer que se detesten para que quieran cambiar.
Porque no vale con estar, no.
No vale con levantarse todas las mañanas y leer la herida del mundo, no.
No es suficiente con lidiar con la familia, con las instituciones, con el trabajo, no.
Encima tenemos que sentirnos a disgusto con nuestro físico.
Algunas tenemos que perder para que otros ganen.
No te corrijas.
No hay nada que corregir.
Hazte un favor.
Búscate alguien lindo, alguien bonita.
Que se excite con la vida bajo la piel.
Alguien que te muerda bien el milagro.
Que vea en ti un lugar que no quiere modificar.
Que admire cada historia.
Cada hueco, cicatriz y poro.
Que quiera llegar lo más hondo posible.
Porque nunca llegaremos a conocernos.
Pero nos podemos acompañar con afecto.
No permitas nunca que te hablen mal de tu lugar en el mundo.
Porque, joder, solo lo vas a pisar por una vez.
Elige alguien que llene de existencias tu cuerpo.
Para que la próxima vez que un anuncio te diga que tienes el culo gordo.
Digas: A mí ya no me engañas. Que te jodan. ¿Te imaginas un ejército de personas contentas con lo que tienen?
Sé una chica valiente. Seguir leyendo “Lo único que queremos todas es ser amadas”

15 rasgos de las personas “altamente sensibles”

Puede que seamos personas muy sensibles pero no lo hemos identificado nunca.Ciertos rasgos de personalidad son relativamente comunes; una de cada cinco personas los posee. Ser altamente sensible tiene numerosas características positivas. Aquí tenemos algunas de las cualidades que comparten las personas altamente sensibles.

1. Sienten con mayor intensidad.
Les gusta procesar las cosas a un nivel más profundo. Son muy intuitivos, y llegan hasta el fondo de las cosas para llegar a descubrirlo todo.

2. Son más reactivos emocionalmente.
La gente más sensible reacciona más frente a cualquier situación. Por ejemplo, mostrarán más empatía y preocupación por los problemas de un amigo. También suelen preocuparse más por la reacción de otra persona ante a un suceso negativo.

3. Probablemente estén acostumbrados a oír: “No te lo tomes de forma personal” o “¿Por qué eres tan sensible?”
Dependiendo de la cultura, la sensibilidad se puede considerar un valor añadido o, por el contrario, algo negativo. En Norteamérica, la gente se burla con frecuencia de los hombres altamente sensibles, mientras que en otros países como Tailandia e India, los hombres sensibles no suelen ser objeto de burla. Por lo tanto, tiene mucho que ver con la cultura; en algunas sociedades, que te digan ‘¡Qué sensible eres!’ puede ser algo bueno.

4. Tienden a evitar deportes en grupo.
La gente altamente sensible tiende a evitar los deportes de equipo, en los que parece que todo el mundo está observando tus movimientos. Las personas sensibles prefieren deportes individuales, como hacer bicicleta o senderismo y salir a correr. Sin embargo, esto no siempre se cumple; también hay gente altamente sensible que, gracias a la comprensión y al apoyo de su familia, tiene más facilidad para participar en deportes de grupo.

5. Les cuesta más tomar decisiones.
Las personas altamente sensibles son más conscientes de las sutilezas y de los detalles que dificultan la toma de decisiones. Aunque no haya una decisión “acertada” o “equivocada” (por ejemplo, a la hora de elegir el sabor de un helado), las personas más sensibles tienden a tardar más en decidirse, puesto que sopesan cualquier consecuencia posible. Por otra parte, cuando una persona altamente sensible llega a la conclusión de cuál es la decisión adecuada y cuál no en una situación determinada, llevará a cabo con rapidez esa misma decisión en ocasiones futuras.

6. Se sienten más decepcionados que los demás al tomar una decisión “equivocada”.
¿Has experimentado alguna vez ese sentimiento desagradable al descubrir que has tomado una decisión errónea? En el caso de las personas altamente sensibles, “esa sensación se amplifica, pues su reactividad emocional es más alta”.

7. Son muy observadores.
Las personas altamente sensibles son las primeras en darse cuenta de los detalles de una habitación, de los zapatos que estrenas, o de los cambios del tiempo.

8. No todas las personas sensibles son introvertidas.
De hecho alrededor de un 30% de las personas altamente sensibles son extrovertidas. Las personas sensibles y extrovertidas han crecido en una comunidad estrechamente unida (puede que vivieran en un barrio residencial, en un pueblo pequeño, o que tuvieran mucha relación con sus familiares), por lo que les resulta más fácil interactuar con la gente.

9. Trabajan bien en ambientes de equipo.
Ya que las personas altamente sensibles les dan muchas vueltas a las cosas, trabajan muy bien en equipo. No obstante, son más adecuadas para puestos en los que no tienen que tomar una decisión final. Por ejemplo, si una persona sensible forma parte de un equipo médico, será buena analizando los pros y los contras que implica la operación de un paciente, pero es preferible que sea otra persona la encargada de decidir si ese paciente debe operarse o no. Seguir leyendo “15 rasgos de las personas “altamente sensibles””

Yo soy cara

Bienestar es una palabra que me despierta sospechas, o me da alergia, o ambas cosas. Escucho “bienestar” y me asaltan imágenes de matrimonios jóvenes haciendo picnics con el perro en una pradera en la que el césped parece cortado a máquina, o de parejas de ancianos tomando café al abrigo de un hogar a leña vestidos con ropa de lana suave y carísima, o de personas haciendo yoga al borde de un acantilado tailandés mientras atardece. No tengo nada contra las parejas jóvenes, los perros, los hogares a leña, los ancianos, la ropa de lana suave y carísima, el yoga, los atardeceres, y mucho menos contra los acantilados tailandeses, pero escucho la palabra bienestar y las imágenes que me evoca me remiten a una idea publicitaria de la vida: la existencia como una larga sucesión de cafeteras Nespresso, perros de raza y garages con puertas autodeslizantes. Un mundo donde sentirse bien no sólo es un derecho —y el máximo derecho— sino un deber —y el máximo deber; donde hay que evitar, a toda costa, lo desagradable, lo sucio, lo mínimamente sórdido; donde los preocupados, los melancólicos, los insatisfechos son un daño colateral incómodo y peligroso. Es una lectura ramplona, fácil, sensiblera, y hasta pasada de moda pero no puedo evitarla. Escucho “bienestar” y pienso en esos suplementos dominicales que hablan de “dietas sanas”, de la importancia de “realizar actividad física”, de “darse un tiempo para disfrutar de los pequeños placeres cotidianos”, mientras mi naturaleza —ramplona, fácil, sensiblera y pasada de moda— se pregunta qué dirán de esos suplementos los que comen cuando pueden y cuya única actividad física consiste en cargar ladrillos en una obra en construcción, los que no pueden darse tiempo para nada porque si llegan tarde les descuentan el día en el trabajo, y cuyo único placer cotidiano es tomar un baño por la noche, si es que al llegar a casa hay agua y con qué calentarla.

Pero supongo que tampoco hay que complicarse tanto.

El bienestar se define como un “sentimiento de satisfacción y tranquilidad”. Todos, antes o después, experimentamos algo así. Sólo que, parece, la satisfacción y la tranquilidad no me las dan a mí cosas como un delicioso paseo por el campo, ni una plácida estadía en una playa, ni siquiera el disfrute —argh, qué palabra— de un libro. Tampoco nada que pueda relacionarse a conceptos como “paz interior”, “contemplación” o “serenidad”. Ni, mucho menos, diez días entre sábanas Frette en el Ritz de París, un viaje en la primera clase de Singapur Airlines, un masaje en el mejor spa de Suiza, la compra de un Aston Martin, un anillo de diamantes o un zapatito de Jimmy Choo. Todo eso me parece bijouterie. Yo soy mucho más cara. Seguir leyendo “Yo soy cara”

Desesperados por relacionarnos

El encuentro con el otro completa una parte esencial de nuestras vidas. Eso no implica olvidar la propia identidad ni tener que estar pensando siempre en agradar.

La sociedad de consumo ha creado el imperio de la caducidad. Esto se ha trasladado a las relaciones. No solo los productos caducan, algunas relaciones también. Han desaparecido los referentes de nuestras certezas y nos invade la incertidumbre. Hay quien teme establecer relaciones duraderas. Porque los vínculos son frágiles y parece que dependen solo de los beneficios que generan. Son relaciones efímeras, sin compromiso. Satisfacen puntualmente ciertas necesidades. Son relaciones de desconocimiento mutuo y de uno mismo.

Hombres y mujeres se desesperan para relacionarse, ya que se sienten fácilmente “descartables” y abandonados a manejarse con sus propios recursos. Estamos ávidos de encontrar la seguridad que nos ofrece la unión, de encontrar con quien contar en momentos difíciles y de relacionarnos con alguien para huir de la soledad. Al mismo tiempo desconfiamos de que la relación dure. O que se convierta en una jaula que limite nuestra libertad. La idea está cargada de atracción y amenaza al mismo tiempo.

En este espacio podemos sanar traumas pasados y despertar la ligereza y espontaneidad del ser. Estar atento nos puede ayudar para darnos cuenta de lo que cobra vida a través del intercambio con los otros. El problema está en que inhibimos esta chispa por nuestras creencias, normas interiorizadas y temores. Nos domina el miedo a quedarnos privados de amor, a ser abandonados. Y en ese miedo la espontaneidad no tiene oportunidad de manifestarse, e incluso uno acaba convirtiéndose en una marioneta, tratando de quedar siempre bien, por miedo al rechazo.

Cuando disipamos estas inhibiciones y temores, se da la resonancia, la sintonía, la armonía, lo que Piaget denomina el élan y para Jung es la corriente. A la indagación apreciativa la denominamos el núcleo positivo, y para Schellenbaum es la energía vital. Esta se libera en el espacio relacional, del yo con el otro. Cuando se da, uno siente una fuerza ascendente, un impulso que le lleva hacia delante. Sin embargo, estas experiencias de energía vital “no modifican en nada la existencia”, afirma Schellenbaum, “a menos que no se truequen en una sensación vital nueva y fundamental, que penetre en todos y cada uno de nuestros pensamientos y acciones”. Seguir leyendo “Desesperados por relacionarnos”

10 señales de que tienes una relación tóxica

1. Tu crecimiento personal no puede desarrollarse en la relación

Las relaciones sanas ofrecen un refugio seguro para el crecimiento personal. Aquellos que sienten que su propio crecimiento y felicidad deben ser sacrificados para la supervivencia de la relación, frecuentemente se encuentran a sí mismos yendo en la dirección equivocada en el amor.

2. Sientes como si la vida estuviera siendo extraída de ti

¿Has oído hablar de vampiros emocionales? Estos indecorosos personajes prosperan mientras extraen la energía y la vida de otros. Si sientes que estás en una relación que te saca todas tus energías y te deja exhausta y consumida, ten presente que rara vez habrá un final feliz.

3. Siempre eres la culpable

Si estás con alguien que tiende a culparte por sus enojos y problemas y gastas mucha energía en defenderte o en tratar de ser comprendida, deja de esperar que esto mejore. Más bien te hará más daño. Después de todo, a nadie le hace sentido el sinsentido.

4. Una persona tiene la mayor parte del poder sobre ambos

¿La persona que amas tiene demasiado poder sobre ti, además del poder del amor? Un evidente signo de una relación tóxica es cuando alguien tiene más poder sobre ti del que tú tienes sobre ti misma. Recuerda: nadie tiene poder sobre ti, ¡a menos que se lo des!

5. Justificas el comportamiento de tu pareja

Las relaciones insanas están llenas de negatividad y sacan lo peor de las personas en vez de lo mejor. Humillaciones, críticas e insultos son ejemplos de abuso emocional. Jamás deberían ser tolerados.Nadie merece ser tratado así, y nunca intentes justificar a alguien que te trata así.

6. Estar obsesionado se confunde con estar enamorado

Ten cuidado con la posesividad y con los celos, ya que son signos de alguien que está obsesionado más que enamorado. Si no hay una base de confianza en la relación, puedes confiar en que tendrás problemas.

7. Cuando el equipo va perdiendo, se pierden

Las personas que creen estar enamoradas podrían estar sólo encaprichadas. ¿Cómo lo sabes? Un signo seguro aparece cuando las cosas se ponen difíciles. Es fácil ser parte del equipo ganador, pero en el momento en que las cosas en la vida no van tan bien es cuando se revela la profundidad de una relación.

8. Te sientes peor contigo misma, no mejor

Cuidado con las relaciones que no te hacen una mejor persona. Si la relación te hace sentir mal y menos cómoda en tu propia piel, ¡puede ser tiempo de salirse de la relación! Las relaciones maduras se basan en la aceptación, no juzgando e intentando cambiar a alguien.

9. El foco está en cambiar al otro

En las relaciones insanas, el foco está más en cambiar a otros que en cambiarse a sí mismo. En una relación de respeto mutuo, no intentas moldear a alguien en tu persona ideal. Cuando haces eso, se trata más de ti que de la otra persona, y se transforma en la receta para una relación crónica de infelicidad. En las relaciones sanas, las personas son respetadas por quienes son, y no son el proyecto de nadie.

10. Te pierdes tratando de buscar a alguien

Finalmente, asegúrate de no perderte al tratar de encontrar a alguien. Por mucho que pienses que necesitas a alguien, te necesitas a ti misma mucho más.
Así que si te encuentras en una relación que impide tu desarrollo y que sólo puede subsistir a costa de tu propia supervivencia emocional, es tiempo de que te salgas del bote del amor ¡antes de que te hundas!

Candela Duato

vive tu sueño beachVive tu sueño y no sueñes tu vida ¡3ª edición!
“El destino me ha llevado a descubrir este libro cuando más necesitaba  palabras llenas de energía y de luz. Ha sido un vaso de agua fresquita en mi desierto alpino.” (Elena)
mas-informacion
*Conoce nuestros libros solidarios
*Conoce los autores del blog: Raül Córdoba y Raúl Romero

Si puedes…

Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en tí mismo cuando los demás dudan de tí,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
Si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduría…

Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen,
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo,
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
Si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho,
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas…

Si puedes hacer un puñado con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida,
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza, excepto La Voluntad que les dice “¡Continuad!”.

Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
Si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los seres humanos cuentan contigo pero ninguno demasiado;
Si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos,
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás humano, hijo mío.

Rudyar Kipling

vive tu sueño beachVive tu sueño y no sueñes tu vida ¡3ª edición!
“El destino me ha llevado a descubrir este libro cuando más necesitaba  palabras llenas de energía y de luz. Ha sido un vaso de agua fresquita en mi desierto alpino.” (Elena)
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¡Que se busquen la vida!

Padres y madres tenemos la mala costumbre de sobreproteger a nuestros hijos. Miedo a que sufran, a que no sean capaces o a que se sientan frustrados y hundidos por no alcanzar sus metas con autonomía son algunas de las causas que se esconden detrás de esta actitud. El sufrimiento de los hijos se convierte en el de los padres, que llegan a sentir angustia, malestar general, excesiva preocupación, anticipaciones catastróficas de las desgracias e infelicidad de su prole.

Hay padres que además tratan de evitar que sus descendientes vivan experiencias que ellos sí experimentaron de pequeños o adolescentes. Pero ni las circunstancias son las mismas ni la persona a la que educa es su clon.

Por este motivo, muchos progenitores tratan de allanar el camino a sus hijos con tal de evitar su sufrimiento, lo que es una de las peores lacras desde el punto de vista de la psicología. Hacerlo evita el aprendizaje, impide que la persona explore nuevas emociones, que se encuentre ante dilemas interesantes para resolver o retos a los que buscar soluciones. Cada vez que evitamos a nuestros hijos una situación que pensamos que puede hacerles pasarlo mal, les estamos negando una oportunidad de crecimiento personal, una manera de explorar sus límites e impedimos que descubran lo capaces que son.

Ejemplos existen cientos, desde ayudarlos a hacer los deberes para que terminen antes o porque pensamos que no lo harán solos, a servirles la comida para que no la derramen, no dejarles que se ensucien o se caigan en ningún momento cuando juegan o defenderlos de profesores, amigos o comentarios sin contrastar ni dudar de sus palabras. Sobreproteger es impedir que los hijos exploren las consecuencias de no ser responsables, y justamente son los resultados de lo que hacemos o no los que realmente motivan los cambios.

Los límites de la sobreprotección están en cuidarlos “demasiado”, evitando así que se enfrenten de forma natural a los problemas que sí tienen que vivir, a las soluciones que ellos tienen que buscar y las consecuencias propias de cada acto. No se trata de promover una conducta temeraria por parte de los padres y dejar que se enfrenten a responsabilidades impropias de la edad, sino de no educar en una burbuja en la que se encuentren falsamente seguros y al margen de una realidad que educa para la vida, la presente y la futura.

Lo que nunca puede perder de vista su hijo es la sensación de seguridad. Si le agreden, alguien le pone en peligro, sus amigos le sugieren actividades peligrosas o fuera de lugar para su edad, tiene que sentir la tranquilidad de que sus mayores le van a aconsejar, poner límites y proteger física y moralmente.

Los niños que se han educado demasiado a resguardo tienen mayores problemas en el futuro para enfrentarse a emociones básicas como son la frustración, el miedo, la ansiedad o la tristeza, que deben aprender a gestionar. Nuestros hijos, en un futuro, tienen que llorar el desamor, sufrir una equivocación en su puesto de trabajo, la crítica de su jefe, la soledad del que empieza una vida independiente, la pérdida de un ser querido y el amigo que deja de serlo porque le falla. Gestionar de forma eficaz estos sentimientos forma parte del crecimiento personal de todos nosotros. Si se evitan estas situaciones a nuestros hijos con el fin de que no sufran, no estarán preparados para ser adultos maduros y emocionalmente responsables. Puede incluso que generemos una sociedad de personas socialmente dependientes, “personas mantequilla”, que, a la primera adversidad, se derriten. Seguir leyendo “¡Que se busquen la vida!”