Categoría: FAMILIA

9 Cosas que he aprendido de la muerte de mi mamá

El día 3 de noviembre fue el día más desgarrador de mi vida. Fue como que la vida hubiese metido su mano dentro de mi cuerpo y me hubiese robado lo último que quedaba de esperanza dentro de mi.

Ese fue el día que perdí a mi madre.

No tengo muy claro si se puede explicar la intensidad de las emociones que uno siente, la pena que parece infinita, la sensación de desamparo y la soledad profunda que viene de la muerte de una madre.

De un momento a otro me encontré sofocada en un mundo lleno de ruido blanco, y no importaba si estaba rodeada de gente o sola, siempre sentía una separación visceral con la realidad, lo único que era cierto era la perplejidad que me ocasionaba el sentir que mi madre ya no estaba conmigo, y que nunca más lo estaría…

Sentía rabia. Ese día se había llevado a mi más gran soporte en la vida y a mi fan número uno de mi lado. Quería rendirme. Las palabras no alcanzan para articular la dolorosa separación entre una madre y una hija… o el tener que escribir el discurso funerario para tu madre a los 24 años… o el darse cuenta de que nunca, nunca más volverás a escuchar su voz.

Perder a alguien tan significativo, inspirador e influyente es una experiencia que ningún libro ni novela puede hacer que comprenda. Ahora que se acerca un año desde ese día, he dejado de contar los momentos en base a mis respiraciones y he vuelto a contarlos primero por minutos, luego por horas y ya cada vez es más fácil hacerlo por días.

Sobreviví. Y en el proceso aprendí mucho acerca de la sobrevivencia. Esto es:

1. Aprendí que el mundo no se detiene por ti.

Hay muchos días en los que aún me siento vencida, pero la vida no es una película. No puedes poner pausa cuando quieras y no puedes rebobinar para revivir alguna escena. Y claramente no tienes un infinito número de vidas. Se te ha dado una vida, y el mundo continuará siempre sin parar, a pesar de que tu sientas que todo tu mundo se detuvo. La única manera de sanar es seguir hacia adelante.

2. Aprendí que tus problemas no siempre serán la mayor preocupación de las otras personas.

Cuando estás teniendo tus propias luchas internas, se siente surreal como nadie más se da cuenta de la tormenta que está ocurriendo justo debajo de tu piel. Puedes sentir que gritas y gritas contra las barreras que te pone la vida, pero igual, nadie te escucha.

Es a través de esta experiencia que aprendí que las personas por lo general superan las cosas más rápido que uno. La simpatía es temporal cuando no eres tú quien tiene un ala rota – pero eso está bien. Así uno también aprende a avanzar, por algo vivimos en sociedad, quizás de quedarse sólo uno se quedaría congelado en la emoción del dolor… Gracias a Dios no es así.

3. Aprendí que el amor no conoce fronteras.

Antes temía que alejarme de aquellas personas que amaba dificultaría mis relaciones y que el amor se iría difuminando con la distancia física. Luego, cuando murió mi mamá, empecé a temer que la comunicación que tenía con la persona que más he amado en este mundo se difuminaría como humo, junto con nuestros recuerdos, en su ausencia…

Pero era un temor infundado, he descubierto que el amor- al menos el amor verdadero- no conoce fronteras; nunca lo pierdes, nunca desaparece y siempre te acompaña, independiente de la distancia en el tiempo y en el espacio.

4. Aprendí que, a pesar de que las personas no se puedan reemplazar, uno igual encuentra paz.

Buscarle una explicación a la muerte te embarca en un viaje donde sólo hay una puerta giratoria. Es infinito y nunca para de dar vueltas. No importa cuanto implores, llores y grites, nada vuelve en bien lo mal que te sientes. Es por eso que decidí dejar de buscar explicaciones y comencé a buscar paz. El camino hacia la paz no es inalcanzable y no tiene puertas giratorias, va hacia adelante y sana todo lo que va tocando en su camino.

La vida nunca me engañó en decirme que mi madre estaría ahí por siempre, de hecho, siempre supe que algún día ella partiría, como lo harán todas las personas que conozco, como lo haré yo misma algún día… El día que logré aceptar eso, fue el día que di mi primer paso en el camino hacia la paz.

5. Aprendí que percibir fuera del propio metro cuadrado es algo muy potente.

Podrías pasar años preguntándote por qué la vida decidió plagarte de miseria y mala fortuna o podrías levantar la cabeza y ver que el mundo está lleno de personas como tú, y que todos sufren en algún grado. Y tal como tú darías mucho por tener la fortuna de otro, muchas personas darían mucho por tener la fortuna que tu pasas por alto en tu vida. Darse cuenta de eso realmente ensancha la mirada y cambia tu perspectiva de manera muy potente.

6. Aprendí a estar agradecida por lo que aún tengo.

Las personas más felices son aquellas que valoran lo que tienen en vez de fijarse en lo que no tienen. A pesar de que sí, murió mi madre, la verdad es que no la he perdido, aún tengo 24 años llenos de recuerdos y de amor infinito, creo que no todos tienen esa suerte. Ahora siento que aprecio mucho más todas las cosas que tengo en mi vida, buenas, malas, grandes y pequeñas, todas son cosas que puedo experimentar porque aún tengo lo más importante que uno puede tener, la fortuna de vivir.

7. Aprendí que aún uno tiene el control de su vida.

Entender que uno tiene control y voluntad sobre sus emociones y acciones es el primer paso para superar cualquier obstáculo. Quizás no puedas cambiar muchas de las cosas que suceden en tu vida, pero puedes cambiar cómo te tomas cada una de esas cosas y puedes elegir hacia donde quieres ir con ellas.

8. Aprendí que la adversidad no es una excusa para darse por vencido.

Motivación. Sueños. Metas. Concentrarte en el movimiento hacia adelante no solamente te ayuda a no quedarte pegado en el pasado, sino que te ayuda a limpiar tus pensamientos y a seguir adelante. Al final, cuando uno va superando los obstáculos, miras hacia atrás y ves mucha fuerza en tu dolor. Rara vez recuperas lo que perdiste, pero todavía tienes todo por ganar.

9. Aprendí que nunca un adiós es un verdadero adiós, es un hasta siempre.

Tengo una certeza tan clara en mi corazón que es inexplicable, mi madre nunca se habrá realmente ido, incluso cuando yo sea vieja y esté cerca de mi propio fin. Es la única persona que es verdaderamente irremplazable en mi vida y siempre la traigo dentro de mí, aunque no me de cuenta. Ella sigue viviendo dentro mío, y con eso me basta para sonreír. Entonces, no es un adiós mamá, es un hasta siempre…

Alyssa Samson

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“El destino me ha llevado a descubrir este libro cuando más necesitaba  palabras llenas de energía y de luz. Ha sido un vaso de agua fresquita en mi desierto alpino.” (Elena)
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El poder de los besos y abrazos a los hijos

¿Alguna vez te has sentido tan mal que sólo un abrazo de alguien querido te ha podido ayudar a sentirte mejor? Los besos y los abrazos tienen un gran poder emocional en las personas y es que nos reconfortan y nos hacen sentir bien. Los niños desde el nacimiento necesitan los besos y los abrazos de sus padres para poder tener un buen desarrollo psico-afectivo.

Cuando los niños son pequeños son muchos los padres que escuchan de otras personas que si les dan tantos besos y abrazos a sus hijos, éstos se pueden convertir en personas malcriadas o demasiado consentidas. Pero nada más lejos de la realidad, cada vez hay más estudios que demuestran como los niños que desde el nacimiento reciben besos y abrazos de sus padres de forma constante junto a una disciplina positiva, se convertirán en adultos menos ansiosos y más resistentes al cambio.

Los estudios avalan el poder de los besos y los abrazos

Un estudio publicado en el “Journal of epidemiology & community health” mostró que las personas que habían disfrutado de más afecto por parte de sus padres y madres cuando eran bebés, tenían niveles más bajos de angustia siendo adultos. Con esto se puede comprobar que los niños que tienen más besos y abrazos por parte de sus padres siendo niños, cuando se conviertan en adultos no serán personas con ansiedad. Cuando hay afecto familiar se asocia con menos angustia en la vida y las personas son más capaces de afrontar cualquier circunstancia.

Todos los seres humanos necesitamos tener buenas experiencias en la vida y tener una fuerte relación afectiva con nuestros progenitores desde la infancia. Cuanta mejor es la relación afectiva con la madre en los niños podrán desarrollar un apego seguro que les hará tener mejor capacidad de recuperación siendo adultos. Este sentimiento de seguridad puede darles un sentido mas fuerte de sí mismos que sirve como un amortiguador contra el estrés. Los niños tendrán mayor autoestima y confianza hacia sus propias habilidades.

Por si fuera poco, una relación cálida, cercana y afectiva con la madre (y con el padre) hará que los niños tengan más emociones positivas. Otras investigaciones sugieren que, al igual que las relaciones seguras, una vida llena de emociones positivas puede ayudar a las personas a lidiar con la vida de forma positiva, haciendo que los niños se conviertan en adultos exitosos.

Para ayudar a los niños a convertirse en adultos seguros y resistentes todos los adultos que están en su entorno más cercano deberán centrar su atención en la relación que mantienen con los niños (padres, cuidadores, maestros e incluso los políticos). Las políticas públicas deberían hacer un esfuerzo para que se pudiera mejorar el acceso a la atención infantil de alta calidad, que hubiera más flexibilidad laboral y familiar y que de este modo, los niños pudieran pasar más tiempo de calidad con sus padres. Esto podría hacer un futuro mucho más prometedor para nuestra sociedad.

El poder de los besos y abrazos

No podemos negar el poder que tienen los besos y abrazos en las personas y en los niños. Si quieres algunos ejemplos del poder que tiene sobre nosotros y sobre los niños, lee los siguientes puntos:

• Nos hace sentir bien y seguros
• Reduce la presión arterial
• Libera las hormonas de la felicidad
• Alivia los dolores físicos
• Alivia el dolor emocional
• Aumenta la autoestima
• Deja el estrés a un lado
• Refuerza el sistema inmunológico
• Mejora la salud del corazón

¿Qué más necesitas para proporcionar amor con besos y abrazos a tus hijos cada día? Ellos lo necesitan, pero es que tú también. ¡Y diles cada día que les quieres!

MªJosé Roldán

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¡Que se busquen la vida!

Padres y madres tenemos la mala costumbre de sobreproteger a nuestros hijos. Miedo a que sufran, a que no sean capaces o a que se sientan frustrados y hundidos por no alcanzar sus metas con autonomía son algunas de las causas que se esconden detrás de esta actitud. El sufrimiento de los hijos se convierte en el de los padres, que llegan a sentir angustia, malestar general, excesiva preocupación, anticipaciones catastróficas de las desgracias e infelicidad de su prole.

Hay padres que además tratan de evitar que sus descendientes vivan experiencias que ellos sí experimentaron de pequeños o adolescentes. Pero ni las circunstancias son las mismas ni la persona a la que educa es su clon.

Por este motivo, muchos progenitores tratan de allanar el camino a sus hijos con tal de evitar su sufrimiento, lo que es una de las peores lacras desde el punto de vista de la psicología. Hacerlo evita el aprendizaje, impide que la persona explore nuevas emociones, que se encuentre ante dilemas interesantes para resolver o retos a los que buscar soluciones. Cada vez que evitamos a nuestros hijos una situación que pensamos que puede hacerles pasarlo mal, les estamos negando una oportunidad de crecimiento personal, una manera de explorar sus límites e impedimos que descubran lo capaces que son.

Ejemplos existen cientos, desde ayudarlos a hacer los deberes para que terminen antes o porque pensamos que no lo harán solos, a servirles la comida para que no la derramen, no dejarles que se ensucien o se caigan en ningún momento cuando juegan o defenderlos de profesores, amigos o comentarios sin contrastar ni dudar de sus palabras. Sobreproteger es impedir que los hijos exploren las consecuencias de no ser responsables, y justamente son los resultados de lo que hacemos o no los que realmente motivan los cambios.

Los límites de la sobreprotección están en cuidarlos “demasiado”, evitando así que se enfrenten de forma natural a los problemas que sí tienen que vivir, a las soluciones que ellos tienen que buscar y las consecuencias propias de cada acto. No se trata de promover una conducta temeraria por parte de los padres y dejar que se enfrenten a responsabilidades impropias de la edad, sino de no educar en una burbuja en la que se encuentren falsamente seguros y al margen de una realidad que educa para la vida, la presente y la futura.

Lo que nunca puede perder de vista su hijo es la sensación de seguridad. Si le agreden, alguien le pone en peligro, sus amigos le sugieren actividades peligrosas o fuera de lugar para su edad, tiene que sentir la tranquilidad de que sus mayores le van a aconsejar, poner límites y proteger física y moralmente.

Los niños que se han educado demasiado a resguardo tienen mayores problemas en el futuro para enfrentarse a emociones básicas como son la frustración, el miedo, la ansiedad o la tristeza, que deben aprender a gestionar. Nuestros hijos, en un futuro, tienen que llorar el desamor, sufrir una equivocación en su puesto de trabajo, la crítica de su jefe, la soledad del que empieza una vida independiente, la pérdida de un ser querido y el amigo que deja de serlo porque le falla. Gestionar de forma eficaz estos sentimientos forma parte del crecimiento personal de todos nosotros. Si se evitan estas situaciones a nuestros hijos con el fin de que no sufran, no estarán preparados para ser adultos maduros y emocionalmente responsables. Puede incluso que generemos una sociedad de personas socialmente dependientes, “personas mantequilla”, que, a la primera adversidad, se derriten. Seguir leyendo “¡Que se busquen la vida!”

Cómo salir de una familia tóxica

Una familia es tóxica cuando la mayor parte de sus integrantes se mantienen en patrones de abuso, discriminación, conflicto, distanciamiento emocional, violencia verbal y manipulación. En definitiva, una familia es tóxica cuando reina el conflicto y la separación y no el bien común de todos los miembros que la integran.

El integrante no tóxico

Pero es curioso que en algunas familias tóxicas se suele dar que uno de los miembros no cumple con este perfil de alta toxicidad, es fácil distinguirle:

• Se siente como un bicho raro dentro de su sistema familiar
• Su función es de chivo expiatorio: en él van a parar todas las culpas y emociones negativas reprimidas del núcleo familiar
• Se rebela a menudo ante sus circunstancias familiares
• Buscará fervientemente liberarse del yugo familiar

El integrante no tóxico siente que vive una situación tremendamente injusta que no llega a comprender del todo, se percibe aislado, poco comprendido y no se ve como parte de su familia, eso le hace sentir en su interior un profundo desarraigo y una importante falta de apoyo.

Si este es tu caso, pasarás por varias etapas antes de romper los nocivos lazos que te unen a tu familia de origen en pos de encontrar tus raíces en ti mismo.

De niño reinará el victimismo y la resignación con pensamientos como “es donde me ha tocado estar y poco se puede hacer” para pasar más adelante cuando te vas haciendo más mayor a reiterados accesos de rebeldía y cólera mezclados con dosis de tristeza y desesperación; esto no hace más que empeorar las cosas y echar más leña al fuego porque el primer paso para salir de una familia tóxica es aceptar que por algún motivo que ahora desconoces tu familia por muy nociva que sea es la mejor para ti y tu desarrollo pues ella es el caldo de cultivo para transformarte en lo que realmente eres. Seguir leyendo “Cómo salir de una familia tóxica”

Perder a un perro duele más que un corazón roto

El trastorno emocional que puede causar la muerte del perro es, en ocasiones, tan relevante como el que se siente al perder a un familiar cercano.

El impacto psicológico que causa la muerte del perro puede ser tan relevante como el que se siente cuando se pierde a un familiar cercano, según las conclusiones de un estudio realizado por el departamento de Psicología del la Universidad de Nuevo México, en Estados Unidos, y publicado en la revista científica Perspectives in Psychiatric Care.

No solo no es extraño sufrir cuando la mascota fallece, sino que es lo habitual. Más del 85% de los dueños de canes admiten haber padecido dolor tras la muerte de su perro, según una investigación realizada por la prestigiosa revista neoyorquina Family Process, una publicación dirigida por científicos, y especializada en el estudio de la familia.

“Para algunos dueños de perros, el fallecimiento de éste puede provocar un pesar tan profundo como el que produce la muerte de un miembro de su familia”, escribe la publicación acerca del sentimiento relacionado con la defunción de las mascotas.
Family Process aconseja, asimismo, ser paciente en caso de tener que pasar por esta experiencia, tan traumática en ocasiones, de forma especial si la muerte se produce de un modo inesperado: “si pierde a su perro en un accidente o a causa de una enfermedad, permítase expresar el dolor que siente, y dese el tiempo necesario para superar la pérdida”, dice la revista.

Por su parte, los investigadores del departamento de Ciencias Animales de la Universidad de Hawai han llegado a la conclusión de que el dolor que produce la muerte de la mascota no solo puede ser intenso, sino que en ocasiones es, además, muy duradero. Una de cada tres personas reconoce haberse sentido apenada por la pérdida de su perro durante al menos seis meses después del fallecimiento.

La amargura, sin embargo, no debe ser el único sentimiento que exprese el recuerdo de su mascota. Igual de necesario que manifestar la tristeza es tener la posibilidad de evocar los buenos momentos compartidos con su perro, seguro que numerosos.

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Abuelos que cuidan a sus nietos dejan huellas en su alma y corazón

El amor de los abuelos a sus nietos es tan inmenso que no pueden evitar demostrarlo de todas las formas posibles.

Hay personas que son la base de nuestra vida, esas maravillosas almas que representan una parte importante de lo que somos. Son las que nos ayudan a formar nuestro carácter y se convierten en nuestro hogar.

Los abuelos simbolizan esa parte, sacan lo mejor de nosotros en todo sentido, representan nuestras emociones y sentimientos en su máxima intensidad. Son nuestros cómplices de la vida, los que nunca nos van a juzgar y que con un abrazo nos dan paz. Son nuestros generadores de recuerdos felices, todas las historias que tenemos con ellos están repletas de giros, sonrisas, travesuras y mucho amor.

Los abuelos nos enseñan a tener paciencia, hacen que nuestra comunicación sea más emocional, nos corrigen de una manera diferente a nuestros padres y nos ayudan a ser más críticos con respecto a la vida.

Ante una situación de crisis e inestabilidad familiar son ellos el apoyo emocional que necesitamos, se convierten en una roca y son indispensables para ayudarnos a superar cualquier tipo de desvinculación familiar como puede ser una separación o la muerte de uno de nuestros padres.

Los abuelos dejan una huella en el corazón que es imborrable y perdura en el tiempo, ellos transmiten sus historias y logran vivir para siempre, aunque no estén, en la mente de sus nietos. Son ellos luego los que se encargan de contar todo aquello que vivieron y aprendieron con ellos.

Los abuelos tienen la magia de solo ver lo bueno en nosotros, es como si para ellos no existiera criatura más maravillosa y aunque sabemos la cantidad de defectos, errores y malos hábitos que tenemos, todo ese lado oscuro desaparece con ellos. Hacen que, como ellos, creamos que somos los mejores del mundo y esto nos empuja a serlo.

Pero ojo, no solo los abuelos dejan huellas en el corazón, sino que los nietos aportan vitalidad, alegría y sostén a sus abuelos de manera inconmensurable. Cuidar de los nietos significa para los abuelos redescubrir el mundo de la mano del asombro, de la inocencia y del amor más incondicional.

El amor que tienen los abuelos por sus nietos es tan grande que no pueden evitar demostrar en todas las formas posibles, su cariño se ve reflejado en los pequeños detalles que son muchas veces las más grandes muestras de aprecio. Los niños perciben esta generosidad desbordada como un cariño tan desmedido que les embelesa. Y, cuando los abuelos faltan, los niños no echan de menos los chocolates sino lo que ellos significan: hablar con sus abuelos y escuchar palabras de ánimo, amor y sabiduría.

Los que han tenido la suerte de haber sido criados por sus abuelos saben de la enorme importancia que tienen y el impacto que esto significa para su vida. Ellos son el reflejo de un amor tan puro que deja una hermosa cicatriz en el alma imborrable. Este amor los acompaña toda la vida y los protege de un modo único.

Claudia Sovero

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Carta de un hijo a un padre

Querido padre, Alejandro, tú que siempre pensaste que llamar a su padre «Papá» era un error. Que Papá y Mamá eran las primeras palabras que podía pronunciar un bebé y que llamar a sus padres así siendo adulto era mantener preso a sus hijos como niños. Tú que me decías «no me llamo Papá, me llamo Alejandro, yo no te llamo adad, dada o adadá…»

Escribo esta carta públicamente porque quiero que el mundo sepa que el amor entre padre e hijo existe. Veo en el planeta cientos de casos con padres ausentes o que no aceptan a sus hijos como son. Por eso hoy quiero que el mundo sepa cuál puede ser una verdadera relación de amor y respeto. Espero le pueda servir a este planeta. Que sirva de ejemplo para que el mundo se transforme en algo mejor y dejen de crear guerras que son productos de rabia contenida.

Llamarte Alejandro no me quitó nada, al contrario, no te vi como una figura emblemática, ni como un ser superior, pero si como un aliado, un ser lleno de bondad. Llamarte Alejandro es lo más tierno y maravilloso del mundo. Sentirme diferente de los otros niños me dio un gran sentimiento de fuerza. Nunca me educaste con miedo, nunca me pegaste. Me hablaste, me explicaste y te preocupaste de enseñarme tus pensamientos dejándome libre de ser el que yo tenía que ser y no el que tú querías que yo sea. ¿Te acuerdas? Te sentabas al lado de mí, leyendo cuentos japoneses para iniciarme a una filosofía de vida.

Has formado mi mente para prepararme como un guerrero a recibir los golpes de la vida, a recibir discursos estúpidos, a recibir la imbecilidad humana. Pero me enseñaste también a reconocer la belleza dentro de la fealdad.

Me acuerdo que un día me dijiste «te voy a enseñar a pensar». Estábamos en España, de vacaciones en una isla. Y todas las mañanas me dabas clases para pensar. Todo padre debería enseñar a su hijo a pensar. Un niño no es tonto, es como una esponja, lo que le enseñas le queda para toda la vida y lo necesita. Gracias a eso, me marcaste para siempre.

«¿Qué es Dios?, ¿Qué es el Universo?, ¿Cuál es nuestra finalidad en este Universo?, ¿De dónde vengo?, ¿Hacia dónde voy?, ¿Soy un cuerpo con alma o un alma con un cuerpo?. Tu verdad es una verdad pero no la verdad…».
Me enseñaste a hablar como un ser consciente y delicado. Cuando era niño me hablabas suavemente, como adulto y no me infantilizabas con voz de dibujo animado. Los padres suelen hablar a sus hijos como si fuesen muñecos, pero tu, me hablaste como un ser humano.

Luego, me enseñaste a comunicar con los otros y en lugar de afirmar algo en una conversación, me enseñaste a decir antes de empezar una frase: «según lo que yo pienso y me puedo equivocar». En una pelea, en lugar de acusar al otro, me enseñaste a decir lo que siento y qué me produce esa discusión. Seguir leyendo “Carta de un hijo a un padre”