Categoría: Salud

10 enfermedades que se curan haciendo el amor todos los días

Algunos de estos estudios profundizan más en la cuestión y aseguran que hacer el amor con asiduidad puede ayudar a curar determinadas enfermedades.

Los especialistas coinciden a la hora de destacar los beneficios de mantener lntim1dad con tu pareja, al menos, dos veces a la semana.

Los expertos apuntan a que hacer el amor de manera periódica ayuda a que nuestro organismo libere inmunoglobulina, un anticuerpo que nos protege de infecciones y otras enfermedades.

Por eso, las relaciones placenteras pueden convertirse en el principal analgésico de la población.

Los beneficios afectan a todo nuestro organismo. Por eso, la práctica de intimidad se puede traducir en beneficios en nuestra salud mental, circulación de la sangre, incontinencia, musculatura, etc.

A continuación, detallamos una serie de enfermedades que podrían curarse haciendo el amor de manera periódica.

1 El Corazón
La práctica de la intimidad habitualmente es aliado fundamental para un buen funcionamiento del corazón. Según dicen los expertos, ayuda a reducir el riesgo de infartos y otros problemas cardíacos.

2 Dolor de Cabeza
También puede ayudar a aliviar los dolores de la cabeza, esto es gracias a la liberación de oxitocina y al aumento de endorfinas. Estas hormonas ayudan a que nuestro cuerpo y nuestra mente se relaje de forma natural.

3 Antidepresivo
Ayuda a mejorar nuestra autoestima, ya que es un antidepresivo de los más efectivos.

4 Insomnio
El efecto de relajación del orgasmo ayuda a liberar tensiones y favorecer el sueño posterior a este acto. Seguir leyendo “10 enfermedades que se curan haciendo el amor todos los días”

La ciencia respalda el viejo consejo de “nunca te vayas a dormir enfadado”

Al cerebro le cuesta más borrar los pensamientos negativos después de haber dormido.

El día ha sido horrible y te llevas el mal humor a casa. Con mala cara y mal tono, una cosa lleva a la otra y acabas discutiendo con tu pareja. Entonces tenéis dos opciones: hablarlo o meteros en la cama y dejarlo para mañana. Lo más probable es que elijáis la segunda, porque la primera puede llevar a discutir más y que las cosas acaben peor. Pero estaréis decidiendo mal. Y no lo decimos nosotros, lo dice la ciencia.

Un estudio publicado recientemente en la revista Natura Communications ha concluido que aquello que nos decían nuestras madres cuando eramos pequeños de “nunca te vayas a dormir enfadado” es un buen consejo y tiene un porqué científico.

Los investigadores de la Beijin Normal University (China) querían probar cómo suprimían sus sentimientos los 73 estudiantes. Para ello, lo primero que tuvieron que hacer los participantes fue asociar de caras con expresiones neutrales con imágenes inquietantes como personas heridas o niños llorando.

La segunda prueba, que consistía en volver a ver las caras y o bien pensar en la imagen con la que la habían asociado o evitar pensar en ellas, se repitió en dos ocasiones. Primero a los 30 minutos y después a pasadas 24 horas. Mientras tanto, los investigadores analizaban el cerebro de los participantes con escáneres.

Los resultados mostraron que cuando solo había pasado media hora, los participantes habían logrado borrar las imágenes negativas con mayor facilidad. Mientras que al haber pasado un día, les resultaba más difícil.

Los escáneres cerebrales dieron la clave de porqué ocurría esto. Cuando solo habían pasado 30 minutos y los participantes debían someterse a la segunda parte del estudio había más actividad en la zona del hipocampo, que es el centro de la memoria del cerebro. Pero cuando habían pasado 24 horas y respondían a la misma pregunta, la zona más activa se había distribuido por la corteza cerebral.

Esto desveló que, mientras los participantes dormían, estos recuerdos se había asentado en su cerebro y se habían consolidado.
Por lo tanto, sea con la pareja o con quien sea, lo mejor es esperar a que pase el enfado para después irse a dormir.

Fuente: La Vanguardia

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Cómo desbloquear el nervio ciático: 2 sencillas maneras de aliviar el dolor

El nervio ciático se origina en la columna lumbar, extendiéndose hacia abajo por nuestros glúteos y terminando en los pies. Cuando este nervio tan extenso se ve afectado suele ocasionar intensos dolores (en ocasiones paralizantes), que pueden llegar incluso a privarnos de gran parte de nuestras actividades cotidianas. Hoy te mostraremos como desbloquear el nervio ciático, y como aliviar el dolor de ciática en base de 2 sencillos y rápidos ejercicios.
Cuando el nervio ciático comienza a deteriorarse, los músculos de las piernas y las caderas comienzan a perder flexibilidad y elasticidad, y esto es justamente lo que ocasiona los fuertes y agudos dolores particulares del padecimiento.

Cómo desbloquear el nervió ciático con 2 sencillos ejercicios

Los ejercicios que te ofreceremos a continuación tienen como finalidad ayudarte a estirar y descontracturar los músculos cercanos al nervio ciático, para así desbloquear el nervio mismo, eliminar la tensión y aliviar el dolor.

Primer ejercicio

Recuéstate sobre una superficie plana y levanta la pierna dolorida, doblándola despacio hacia arriba. Lleva la pierna hacia tu hombro lo más que puedas y, al sentir la tensión, mantén la postura por al menos unos 30 segundos. Finalmente vuelve a estirar la pierna en la superficie, y repite 2 veces más el procedimiento.

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Segundo ejercicio

Recuéstate sobre una superficie plana, dobla tus rodillas y sujetándolas con tus manos, llévalas hacia el pecho lo más que puedas, manteniendo la pelvis siempre en el suelo. Cruza las piernas como se muestra en la figura, y tira de una de ellas (la que no te duela), manténla estirada durante 30 segundos. Vuelve a la posición inicial y repite el ejercicio 2 veces más.

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Recuerda siempre que, para aliviar el dolor de ciática, es importante movilizar los músculos, flexibilizarlos, aflojar tensiones y por sobre todo, ser constante en la realización diaria de los ejercicios.

Fuente: info-isla.club

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Me has dado más de lo que me has quitado…

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Hace tiempo que no escribo sobre ti,
sobre todas y cada una de las batallas que te he ganado.

Temía hacerlo y que estuvieras esperando detrás de las barricadas
para atacarme por sorpresa, confiada y desprevenida.

Hoy me atrevo a hacerlo porque has pasado a ser historia,
te has reducido a una simple pastilla que me tomo cada mañana.

En este tiempo te has llevado muchas cosas.
Lo primero, el brillo de mis ojos, mucho antes de que te encontraran.

Después, cuando apareciste, mi visión de futuro, todo era hoy.

Te llevaste mis rizos y el juego entre los dedos de mi pequeño.

Te llevaste mi extrema delgadez, mi vitalidad, mi descanso.

Me quitaste una parte de mí que un día fue alimento para mis hijos,
me marcaste cruelmente haciéndome saber de lo que eras capaz.

Aún así, nunca lograste llevarte mis ganas de seguir mirando hacia delante,
de vivir ese hoy como el mejor de los días,
ahora mis ojos brillan más que nunca.

Cambié esos juegos por cosquillas en mi cuero cabelludo,
hoy repleto de nuevo de rizos y dedos.

Encontré mi nuevo cuerpo y lo acepté, ya no me lleva el viento.

Aunque débil, mi fuerza siguió intacta
y aproveché el tiempo de insomnio para reír más.

Esa parte de mi cuerpo que te llevaste también ha vuelto
y ahora tengo marcas que me recuerdan que te he vencido.

Gracias por ayudarme a enseñarles a mis hijos el significado de ser valiente,
que no importa tener miedo si no dejas de enfrentarlo.

Gracias por enseñarme esa parte de mí que sin ti no habría descubierto.

Y es que siento decirte que me has dado más de lo que me has quitado…

Hasta nunca….

Menchu Gallego

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La enfermedad de estar ocupado

Hace unos días me encontré con una buena amiga. Me detuve para preguntarle qué tal le iba y saber cómo estaba su familia. Puso los ojos en blanco, miró hacia arriba y en voz baja suspiró: “Estoy muy ocupada… muy ocupada… demasiadas cosas ahora mismo.”

Poco después, le pregunté a otro amigo y le pregunté qué tal estaba. De nuevo, con el mismo tono, la misma respuesta: “Estoy muy ocupado, tengo mucho que hacer.”

Se le notaba cansado, incluso exhausto.

Y no sólo nos pasa a los adultos. Cuando nos mudamos hace diez años, visitamos a uno de nuestros amables vecinos y les preguntamos si nuestras hijas podrían conocerse y jugar juntas. La madre, una persona realmente encantadora, cogió su teléfono y empezó a mirar la agenda. Pasó un rato deslizando la pantalla y al final dijo: “Tiene un hueco de 45 minutos en las próximas dos semanas. El resto del tiempo tiene gimnasia, piano y clases de canto. Está muy ocupada.”

Los hábitos destructivos empiezan pronto, muy pronto.

¿Cómo hemos terminado viviendo así? ¿Por qué nos hacemos esto a nosotros mismos? ¿Por qué se lo hacemos a nuestros hijos? ¿Cuándo se nos olvidó que somos “seres” humanos y no “haceres” humanos?

¿Qué pasó con el mundo en el que los niños se ensuciaban con barro, lo ponían todo perdido y a veces se aburrían? ¿Tenemos que quererlos tanto como para sobrecargarlos de tareas y hacerles sentir tan estresados como nosotros?

¿Qué pasó con el mundo en el que podíamos sentarnos con la gente que más queremos y tener largas conversaciones sobre nosotros mismos, sin prisa por terminar?

Esta enfermedad de estar “ocupado” es intrínsecamente destructiva para nuestra salud y bienestar. Debilita la capacidad de concentrarnos completamente en quienes más queremos y nos separa de convertirnos en el tipo de sociedad que tan desesperadamente clamamos. Seguir leyendo “La enfermedad de estar ocupado”

5 heridas emocionales de la infancia que persisten cuando somos adultos

Los problemas vividos en la infancia dejan heridas emocionales que vaticinan cómo será nuestra calidad de vida cuando seamos adultos. Además, estos pueden influir significativamente en como nuestros niños de hoy actuarán mañana y en como nosotros, por otro lado, afrontaremos las adversidades.

Así, de alguna forma, a partir de estas 5 heridas emocionales o experiencias dolorosas de la infancia, conformaremos una parte de nuestra personalidad. Veamos a continuación cuáles son nuestras heridas definidas por Lisa Bourbeau:

1.El miedo al abandono

La soledad es el peor enemigo de quien vivió el abandono en su infancia. Habrá una constante vigilancia hacia esta carencia, lo que ocasionará que quien la haya padecido abandone a sus parejas y a sus proyectos de forma temprana, por temor a ser ella la abandonada. Sería algo así como “te dejo antes de que tú me dejes a mí”, “nadie me apoya, no estoy dispuesto a soportar esto”, “si te vas, no vuelvas…”.

Las personas que han tenido las heridas emocionales del abandono en la infancia, tendrán que trabajar su miedo a la soledad, su temor a ser rechazadas y las barreras invisibles al contacto físico.

La herida causada por el abandono no es fácil de curar. Así, tú mismo serás consciente de que ha comenzado a cicatrizar cuando el temor a los momentos de soledad desaparezca y en ellos empiece a fluir un diálogo interior positivo y esperanzador.

2- El miedo al rechazo

El miedo al rechazo es una de las heridas emocionales más profundas, pues implica el rechazo de nuestro interior. Con interior nos referimos a nuestras vivencias, a nuestros pensamientos y a nuestros sentimientos.

En su aparición pueden influir múltiples factores, tales como el rechazo de los progenitores, de la familia o de los iguales. Genera pensamientos de rechazo, de no ser deseado y de descalificación hacia uno mismo.

La persona que padece de miedo al rechazo no se siente merecedora de afecto ni de comprensión y se aísla en su vacío interior. Es probable que, si hemos sufrido esto en nuestra infancia, seamos personas huidizas. Por lo que debemos de trabajar nuestros temores, nuestros miedos internos y esas situaciones que nos generan pánico. Seguir leyendo “5 heridas emocionales de la infancia que persisten cuando somos adultos”

Vive la vida

El sol me da de lleno, mientras bebo sorbo a sorbo el café de la mañana. Ya es una costumbre, una rutina que me he inventado y que me encanta. Salir a desayunar a mi pequeño Edén. En él, los rayos pueden vestir un ratito mi piel, aunque llevo un escudo llamado factor 50 que me protege. Ni cuando desayuno dejo mi armadura…

Miro al frente, y veo el perfil del Tibidabo, que me observa y acompaña cada día. Escucho el sonido a mi alrededor. El viento que sopla, la voz de algún vecino, el ruido de una obra cercana… Pero nada me molesta. Mi Paraíso particular se viste de colores. Las flores ya han salido… Otras están por nacer. Como mi pelo. Tengo mi cabecita con un manto de césped negro muy fino, que lo va cubriendo. Creo que después de tanta lluvia, mi pelo también se ha activado… Aún queda mucho, pero ya no me brilla la calva, solo brillan los rayos de sol…

Mientras me recuesto en la silla, con mi taza entre las manos, me siento afortunada, y sonrío. A pesar de mi cáncer, ese alien que invadió silenciosamente mi pecho, del frenazo que ha supuesto… me he agarrado más fuerte a la vida. Soy consciente que mis semanas son livianas, que cada día es una aventura, solo hay una cita ineludible que las marca, mi chute de cada jueves. Ese día se ha convertido desde febrero, en el inicio de mis semanas, en mi punto de partida, en mi día gris, pero a la vez, en el de mi esperanza, de mi futuro, el de mi sanación. Seguir leyendo “Vive la vida”