Etiqueta: pareja

El sexo en la mujer: el cerebro relajado debajo de la cintura

            

Es curioso pero la mujer solo disfruta del sexo cuando su cerebro alcanza la desconexión y las constelaciones neuroquímicas y neurológicas se alinean hacia el orgasmo, la diversión y el placer.

Digamos que cuando una mujer se excita, los impulsos cerebrales recorren los centros del placer y disparan al orgasmo siempre y cuando la amígdala, estructura responsable del temor y de la ansiedad cerebral, esté desactivada.

Así, el disfrute del intercambio sexual requiere que, en cierto modo, la amígdala se desenchufe de las preocupaciones y de las decisiones que pesan sobre nuestra mente y que pueden estropear el momento en el último minuto. Sigue leyendo “El sexo en la mujer: el cerebro relajado debajo de la cintura”

El secreto para tener la mejor relación sexual de tu vida

           

Muy poca gente sabe tener sexo como es debido. Ya sea porque crecimos creyendo que la intimidad se resume a una frenética penetración en la oscuridad o porque una relación llega a tal complicidad de pareja que ponemos la pasión en modo automático. Probablemente esto también se deba a que solemos pensar del orgasmo como ese momento cumbre del encuentro sexual; consideramos de suma importancia la eyaculación tanto para hombres como para mujeres; sin embargo, nada podría estar más equivocado en nuestro hacer. Sigue leyendo “El secreto para tener la mejor relación sexual de tu vida”

La ciencia respalda el viejo consejo de “nunca te vayas a dormir enfadado”

Al cerebro le cuesta más borrar los pensamientos negativos después de haber dormido.

El día ha sido horrible y te llevas el mal humor a casa. Con mala cara y mal tono, una cosa lleva a la otra y acabas discutiendo con tu pareja. Entonces tenéis dos opciones: hablarlo o meteros en la cama y dejarlo para mañana. Lo más probable es que elijáis la segunda, porque la primera puede llevar a discutir más y que las cosas acaben peor. Pero estaréis decidiendo mal. Y no lo decimos nosotros, lo dice la ciencia.

Un estudio publicado recientemente en la revista Natura Communications ha concluido que aquello que nos decían nuestras madres cuando eramos pequeños de “nunca te vayas a dormir enfadado” es un buen consejo y tiene un porqué científico.

Los investigadores de la Beijin Normal University (China) querían probar cómo suprimían sus sentimientos los 73 estudiantes. Para ello, lo primero que tuvieron que hacer los participantes fue asociar de caras con expresiones neutrales con imágenes inquietantes como personas heridas o niños llorando.

La segunda prueba, que consistía en volver a ver las caras y o bien pensar en la imagen con la que la habían asociado o evitar pensar en ellas, se repitió en dos ocasiones. Primero a los 30 minutos y después a pasadas 24 horas. Mientras tanto, los investigadores analizaban el cerebro de los participantes con escáneres.

Los resultados mostraron que cuando solo había pasado media hora, los participantes habían logrado borrar las imágenes negativas con mayor facilidad. Mientras que al haber pasado un día, les resultaba más difícil.

Los escáneres cerebrales dieron la clave de porqué ocurría esto. Cuando solo habían pasado 30 minutos y los participantes debían someterse a la segunda parte del estudio había más actividad en la zona del hipocampo, que es el centro de la memoria del cerebro. Pero cuando habían pasado 24 horas y respondían a la misma pregunta, la zona más activa se había distribuido por la corteza cerebral.

Esto desveló que, mientras los participantes dormían, estos recuerdos se había asentado en su cerebro y se habían consolidado.
Por lo tanto, sea con la pareja o con quien sea, lo mejor es esperar a que pase el enfado para después irse a dormir.

Fuente: La Vanguardia

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“El destino me ha llevado a descubrir este libro cuando más necesitaba  palabras llenas de energía y de luz. Ha sido un vaso de agua fresquita en mi desierto alpino.” (Elena)
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Esto desea una mujer tras una jornada larga de trabajo…

¿Qué es lo que desea una mujer cuando llega a casa tras un largo día de trabajo? Deseamos tranquilidad, silencio, un cálido ambiente, cariño, ternura, un abrazo. Queremos encontrar a alguien al llegar a casa que nos mime más que nunca, que nos preste atención y que nos muestre cuanto nos ama.
Son más de las nueve de la noche y he tenido que rascar una frondosa capa de hielo de la luna delantera del coche, de la trasera y de las ventanillas […] Freno el coche en el último y odioso semáforo que hay antes de girar para entrar en mi calle. ¡Puñetero! ¡Siempre me pilla en rojo! No hay nada más frustrante que tener prisa y que los elementos se interpongan en mi camino. Por suerte, estoy tan impaciente por llegar a casa para quitarme este frío del cuerpo como para recibir los cariñitos de mi marido. Le he escrito antes de salir del trabajo y lo único que le he puesto ha sido:

-Estoy agotada.

[…] Por fin aparco el coche en el garaje, salgo y me dirijo hacia el ascensor. Lo espero con impaciencia y subo hasta mi casa, nuestra casa.
Al llegar, meto la llave, abro la puerta y antes de que se abra por completo, escucho que mi marido me dice desde el interior que me detenga. Esbozo media sonrisa y miro con curiosidad al interior. Veo que todo está oscuro y que sólo hay suaves destellos amarillentos que ondean por el aire.

-¡Ya puedes entrar!

Y lo hago escuchando como la humedad de mis botas resuena en el parqué de mi casa. Llego al salón y veo un romántico caminito de velas que me quiere dirigir hacia el pasillo que lleva a las habitaciones y al baño.
Obviamente la casa lleva con la calefacción encendida desde que él llegó y hace calor, pero no es ese el calor que yo siento. Hay algo que me calienta y tampoco hablo de calentarme sexualmente hablando, sino de otra sensación única. Esa sensación de felicidad que te reconforta, que hace que te olvides de todo lo negativo del día en un instante.
[…] Continuo avanzado siguiendo el reguero de velitas que hay en el suelo y entro en el baño. Cruzo la puerta y allí está él, metido en la bañera, asegurándose de que el agua esté perfecta para cuando llegue. Tiene la nuca recostada en el borde y los ojos cerrados. No los abre incluso cuando sabe que yo estoy aquí. Sabe que no es momento de una mirada salvaje o lasciva, sabe que lo que necesito es relajación, cariño y ternura. ¡Lo mejor para un largo día de invierno!
Lentamente me voy quitando toda la ropa, la dejo caer despreocupadamente. Mi marido sigue sin mirarme y eso me reconforta […] Cuando estoy desnuda me acerco a la bañera y me meto con él.
El calor sube desde mis tobillos y se extiende por todo mi cuerpo como un virus, conquistando cada una de mis células. Me siento apoyando mi espalda contra su pecho y me retiro el pelo hacia un lado para notar su respiración por mi cuello. Y en ese momento, justo en ese momento, cierro los ojos y me relajo como una reina: sin preocupaciones, sin miedos, apagando mi mente para sumergirme en la mar más cálida que hay. Mi marido me rodea con los brazos y yo recuesto mi cabeza en su hombro. Cierro los ojos y me relajo felizmente […]
Acto seguido, me hundo bajo el agua con una gran sonrisa. Al sacar la cabeza, mi marido me abraza fuertemente y me da un beso en la mejilla.

-Te voy a preparar algo para cenar, ¿vale cariño?

Asiento con la cabeza y le murmuro que sí…

Víctor García

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Cada vez que pienso en ti

           

Te quitabas la faja de la cintura, te arrancabas las sandalias, tirabas a un rincón tu amplia falda, de algodón, me parece, y te soltabas el nudo que te retenía el pelo en una cola. Tenías la piel erizada y te reías. Estábamos tan próximos que no podíamos vernos, ambos absortos en ese rito urgente, envueltos en el calor y el olor que hacíamos juntos. Me abría paso por tus caminos, mis manos en tu cintura encabritada y las tuyas impacientes. Te deslizabas, me recorrías, me trepabas, me envolvías con tus piernas invencibles, me decías mil veces ven con los labios sobre los míos. En el instante final teníamos un atisbo de completa soledad, cada uno perdido en su quemante abismo, pero pronto resucitábamos desde el otro lado del fuego para descubrirnos abrazados en el desorden de los almohadones, bajo el mosquitero blanco. Yo te apartaba el cabello para mirarte a los ojos. A veces te sentabas a mi lado, con las piernas recogidas y tu chal de seda sobre un hombro, en el silencio de la noche que apenas comenzaba. Así te recuerdo, en calma.

Tú piensas en palabras, para ti el lenguaje es un hilo inagotable que tejes como si la vida se hiciera al contarla. Yo pienso en imágenes congeladas en una fotografía. Sin embargo, ésta no está impresa en una placa, parece dibujada a plumilla, es un recuerdo minucioso y perfecto, de volúmenes suaves y colores cálidos, renacentista, como una intención captada sobre un papel granulado o una tela. Es un momento profético, es toda nuestra existencia, todo lo vivido y lo por vivir, todas las épocas simultáneas, sin principio ni fin. Desde cierta distancia yo miro ese dibujo, donde también estoy yo. Soy espectador y protagonista. Estoy en la penumbra, velado por la bruma de un cortinaje traslúcido. Sé que soy yo, pero yo soy también este que observa desde afuera. Conozco lo que siente el hombre pintado sobre esa cama revuelta, en una habitación de vigas oscuras y techos de catedral, donde la escena aparece como el fragmento de una ceremonia antigua. Estoy allí contigo y también aquí, solo, en otro tiempo de la conciencia. En el cuadro la pareja descansa después de hacer el amor, la piel de ambos brilla húmeda. El hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y la otra sobre el muslo de ella, en íntima complicidad. Para mí esa visión es recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisa plácida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismos pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismo ángulo y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen con igual delicadeza.

Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo, detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria. Puedo recrearme largamente en esa escena, hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer. Entonces se rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces muy cercanas.

–Cuéntame un cuento –te digo.
–¿Cómo lo quieres?
–Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.

Isabel Allende (fragmento de Cuentos de Eva Luna)

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Vive tu sueño y no sueñes tu vida ¡3ª edición!
“Es muy hermoso ver como a través de este libro estoy encontrando el sentido de las cosas que me suceden a diario. Cuando lo leo siento una paz que me permite seguir adelante con más fuerza.” (Javier)
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Te quiero pero me acuesto con otras

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Hace poco escuché en la radio: “La fidelidad se estableció entre los humanos cuando la esperanza de vida era 30 años. Nadie contaba con que viviríamos tanto”. Me reí.

Una vez más el tema de la fidelidad, al que tantas horas de debate y pensamiento ha dedicado el ser humano. Y aun así hemos llegado al siglo XXI con muchas preguntas sin resolver: ¿se puede ser fiel toda la vida? ¿Son infieles los hombres por naturaleza?

En los últimos tiempos, los avances científicos han comenzado a sacar a la luz numerosos datos con los que responder a preguntas acerca de las relaciones humanas que hasta hace poco parecían que sólo podrían explicar la cultura y la moral. Asombroso, ¿no?

¿Puede la ciencia decirnos por qué son tantos los hombres infieles que dicen querer a sus parejas? Hasta ahora la respuesta parecía clara. No es posible. Estos hombres mienten. Lo quieren todo. Pero ahora, mira por dónde, la neurobiología parece que les da algo de razón. ¿Cómo puede ser? ¿No son conceptos contrarios?

El especialista en terapia familiar Williard Harley ha escrito un libro titulado Las necesidades de ella, las necesidades de él. Después de investigar los datos de una encuesta muy extensa, estableció 5 necesidades básicas que presentan hombres y mujeres respecto a su pareja (¡por supuesto, y como cabía esperar, estas se mostraron completamente diferentes en los dos grupos!). Según el autor, cuando estas necesidades no están satisfechas, crece el riesgo de infidelidad. ¿Y cuáles son? Sigue leyendo “Te quiero pero me acuesto con otras”