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Un país de miserias (II). A todos los que se quedaron

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“Es hora de aullar, porque si nos dejamos llevar por los poderes que nos gobiernan, y no hacemos nada por contrarrestarlos, se puede decir que nos merecemos lo que tenemos” (José Saramago)

Bienvenidos al siglo XXI, el futuro que tanto anhelábamos a mediados y finales del siglo pasado ya está aquí. Somos por lo tanto el futuro. Pero, a diferencia de aquellas películas donde la tecnología reemplazaba al hombre por la máquina, con robots inteligentes y vehículos supersónicos, podemos decir que los simios, en su estado más primitivo, endiablados por la avaricia y la posesión, han empezado a sustituir al hombre. Eso quiere decir, que el director de cine Franklin J.Schaffner, con su película El  planeta de los simios (1969) fue, en realidad, quién más se aproximó a la situación que actualmente, en el 2014, estamos viviendo. Os pido, por favor, que os fijéis bien en la cara de los políticos que se sientan a diario en la cámara de los diputados. Definitivamente, la mayoría no son seres humanos. ¡¡Los simios se visten con traje y corbata para gobernar este país!!

No nos hemos vuelto locos, aunque nos lo quieran hacer creer. Ni tampoco es una película de ficción lo que estamos viviendo hoy en España. Ojalá estuviera aquí Charlton Heston para abrirnos los ojos. Y quizá sea por eso, repito, que tenga que ser yo –al lado de cientos de miles de compañeras/os que con sus escasos medios luchan cada día por la causa- quién os tenga dar esta clase de noticias: LA HUMANIDAD HA SIDO ESCLAVIZADA POR LOS SIMIOS. Cada vez hay más. Posiblemente es fácil distinguir los que son más visibles, es decir, aquellos que cada día aparecen en la “caja tonta” y en los noticieros. ¡Pero cuidado porque hay muchos más que están mezclados entre nosotros y casi pasan desapercibidos! Sin embargo, si nos fijamos bien, es fácil desnudar sus caretas, puesto que aunque aparentan ser como los seres humanos las formas los delatan. La mayoría suelen tener sus despachos en las últimas plantas de las oficinas, conducen coches de lujo, y acostumbran a cenar en los restaurantes más caros de la ciudad. Pero si todavía no sois capaces de distinguirlos, os daré una pista más, son los amigos/as de los simios que aparecen por televisión. Es decir, aquellos y aquellas que a cambio de tan “cruel sacrificio”, cuando dejan de ser políticos estos últimos les ofrecen puestos de consejeros en sus grandes empresas del capital – empresas que en su día fueron públicas pero que ya se encargaron sus amigos políticos de privatizar. O las mismas empresas que con grandes beneficios a finales de curso siguen recortando los derechos a sus trabajadores -. Digamos que esta estirpe de simios son los culpables de crear esa famosa “puerta giratoria” que, al igual que muchas otras cosas -como por ejemplo la justicia-, tan diferente significado tiene para los simios y para los seres humanos; puesto que los seres humanos cuando cruzamos una puerta giratoria, a diferencia de encontrarnos un puesto de consejero y unos sueldos millonarios, es para encontrarnos con la carta de despido y con las dos “patitas” en la calle.

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Un país de miserias. A todos los que se marcharon

despedida

“No hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, sino que estamos pagando por encima de nuestras posibilidades la ineficiencia y la corrupción de los políticos” me dice Ana con los ojos vidriosos. Un día más amanece nublado en Londres. Miro el cielo con impotencia. Empieza a chispear. Quizás esa llovizna sólo es el reflejo de los miles de españoles que cada día se despiden de sus seres queridos para aterrizar en la intemperie de un país extranjero. Cuesta entender estas palabras si realmente no estás en sus pieles. En realidad, me sobrecoge decirles que estoy viajando con la mochila en un viaje de ocio, cuando la mayoría de españoles apenas sobreviven con cinco libras al día. Pero todavía me da más vergüenza pedirles que vengan a tomar una cerveza conmigo cuando ésta cuesta casi cuatro libras. Sin embargo, sé perfectamente que mañana puedo ser yo el que esté en Londres u otro país luchando por la más pura supervivencia. Como dice Antonio, “en España ya no quieren a los jóvenes. Soy ingeniero y estoy trabajando en un camión de la basura”. Pero Antonio se siente “afortunado”, puesto que es conocedor que las calles de Londres están invadidas de españoles que deambulan de arriba para abajo dejando sus currículos en cada negocio. Pero la llamada casi nunca llega, y el dinero, que es poco y contado, se acaba, y con él todas sus esperanzas y, en muchos casos, también la de sus familias que residen en España.

Recorro Londres cabizbajo. Apenas en mi rostro queda espacio para una sonrisa en un país que parece que todo funciona al revés. Me doy cuenta de que la mayoría de albergues se han convertido en casas de huéspedes para españoles e italianos. María, licenciada en Periodismo, me explica que “algunos españoles trabajan gratis en los albergues a cambio de una cama y dos platos de comida”. Maria, al igual que muchos españoles con títulos universitarios, trabaja ocho horas diarias limpiando las habitaciones y los baños del albergue que le hospeda. Pero como explica Sandra, licenciada en Magisterio, y que trabaja como guardarropa en una discoteca, “no todos los españoles tienen la misma “suerte”. Desgraciadamente la mayoría de albergues ya no necesitan a más personal. En mi caso estoy pagando trescientos cincuenta euros al mes para compartir la misma cama con otra chica. Es una auténtica humillación. Pero la mayoría de españoles no podemos pagarnos un alojamiento en Londres porque es muy caro”.

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