Categoría: Sociedad

Un país de miserias. A todos los que se marcharon

despedida

“No hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, sino que estamos pagando por encima de nuestras posibilidades la ineficiencia y la corrupción de los políticos” me dice Ana con los ojos vidriosos. Un día más amanece nublado en Londres. Miro el cielo con impotencia. Empieza a chispear. Quizás esa llovizna sólo es el reflejo de los miles de españoles que cada día se despiden de sus seres queridos para aterrizar en la intemperie de un país extranjero. Cuesta entender estas palabras si realmente no estás en sus pieles. En realidad, me sobrecoge decirles que estoy viajando con la mochila en un viaje de ocio, cuando la mayoría de españoles apenas sobreviven con cinco libras al día. Pero todavía me da más vergüenza pedirles que vengan a tomar una cerveza conmigo cuando ésta cuesta casi cuatro libras. Sin embargo, sé perfectamente que mañana puedo ser yo el que esté en Londres u otro país luchando por la más pura supervivencia. Como dice Antonio, “en España ya no quieren a los jóvenes. Soy ingeniero y estoy trabajando en un camión de la basura”. Pero Antonio se siente “afortunado”, puesto que es conocedor que las calles de Londres están invadidas de españoles que deambulan de arriba para abajo dejando sus currículos en cada negocio. Pero la llamada casi nunca llega, y el dinero, que es poco y contado, se acaba, y con él todas sus esperanzas y, en muchos casos, también la de sus familias que residen en España.

Recorro Londres cabizbajo. Apenas en mi rostro queda espacio para una sonrisa en un país que parece que todo funciona al revés. Me doy cuenta de que la mayoría de albergues se han convertido en casas de huéspedes para españoles e italianos. María, licenciada en Periodismo, me explica que “algunos españoles trabajan gratis en los albergues a cambio de una cama y dos platos de comida”. Maria, al igual que muchos españoles con títulos universitarios, trabaja ocho horas diarias limpiando las habitaciones y los baños del albergue que le hospeda. Pero como explica Sandra, licenciada en Magisterio, y que trabaja como guardarropa en una discoteca, “no todos los españoles tienen la misma “suerte”. Desgraciadamente la mayoría de albergues ya no necesitan a más personal. En mi caso estoy pagando trescientos cincuenta euros al mes para compartir la misma cama con otra chica. Es una auténtica humillación. Pero la mayoría de españoles no podemos pagarnos un alojamiento en Londres porque es muy caro”.

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Apología y petición

sonrisa

Jaime Gil de Biedma, de familia burguesa acomodada, podría ser considerado la clásica oveja negra de la familia (aristocrática). Sintió en sus carnes el desprecio por su confesada homosexualidad (acabaría muriendo de SIDA), y toda su vida fue un debate intelectual entre su educación burguesa y sus convicciones y lecturas marxistas. Admirador de Buadelaire y Sartre, y sobre todo de Cernuda, su poesía estuvo atravesada por un profundo pesimismo y un alto contenido político. Este poema se lo dedica a los malos gobiernos.

Apología y petición

Y qué decir de nuestra madre España,
este país de todos los demonios
en donde el mal gobierno, la pobreza
no son, sin más, pobreza y mal gobierno,
sino un estado místico del hombre,
la absolución final de nuestra historia?

De todas las historias de la Historia
la más triste sin duda es la de España
porque termina mal. Como si el hombre,
harto ya de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza.

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Carta a los políticos

justicia ciega1

Señorías:

No se puede escuchar en las cosas, incluidos los libros, más de lo que ya se sabe o, al menos, se sabe que se ignora; es decir, quien quiere oír y entender, tiene que sentir. A pesar de que muchos de ustedes proceden de estratos sociales humildes, no saben lo que es la lucha diaria porque muchos nunca han estado inscritos en ninguna lista de ninguna fábrica ni de ningún súper ni tendidos a la largo de ninguna zanja. Ni bajo cero ni a 35 grados ni han dirigido ninguna empresa y, por supuesto, nunca han formado parte de las listas de los que buscan empleo. Nunca hicieron nada más que política.

«Yo me alisté en las juventudes de… cuando era estudiante, terminé la carrera y aquí estoy de diputado. Si algún año, el jefe me excluyera de las listas no sabría que hacer. Lo que estudié en la carrera ya lo olvidé y desde entonces no he vuelto a leer ningún libro sobre la materia ni sobre nada. No tengo tiempo más que para hacer informes y preparar dossieres de prensa para el jefe», me dijo alguien que lleva varias legislaturas en el Congreso. El problema de la política es el mismo que el de la universidad: la mediocridad, la endogamia, el compadreo.

Los ciudadanos tienen la impresión de que ustedes sólo tienen olfato para aquello que les interesa para mantenerse en el poder o para volver a conquistarlo cuando lo han perdido. Mucha gente de buena voluntad y poca razón crítica dice cuando les oye: «Este hombre sabe mucho. Da gusto oírle hablar». Y les consideran personas grandes, preparadas. Pero si compararan lo que están oyendo con lo que hace falta hacer, hubieran dicho: «Este personaje o no sabe lo que dice, o quiere ocultar algo o nos quiere tomar el pelo».Cuando hablan, lo hacen sin mesura; olvidan que la excelencia está en lograr el máximo de contenido con el mínimo de extensión, y decir enseguida lo que enseguida debe decirse. Hablan para ocultar lo que no quieren que se sepa, distraen la perdiz con grandes y empingorotados términos carentes de sentido, de sustancia y de meta. Para tocar el corazón del oyente hay que evitar las palabras rimbombantes.

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