Categoría: Motivación

Cuando te sientas agobiada… recuerda el frasco de mayonesa y café

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Un profesor en su clase, sin decir palabra, cogió un frasco grande y vacío de mayonesa y lo llenó con pelotas de golf.

Luego preguntó a sus estudiantes si el frasco estaba lleno y ellos estuvieron de acuerdo en decir que sí.

De nuevo, sin decir nada, el profesor cogió una caja llena de canicas y la vació dentro del frasco de mayonesa. Las canicas llenaron los espacios vacíos entre las pelotas de golf.

El profesor volvió a preguntar a los estudiantes si el frasco estaba lleno y ellos volvieron a decir que sí.

Luego…el profesor cogió una caja con arena y la vació dentro del frasco. Por supuesto, la arena llenó todos los espacios vacíos, y el profesor preguntó nuevamente si el frasco estaba lleno. En esta ocasión los estudiantes respondieron con un ‘sí’ unánime.

El profesor enseguida agregó dos tazas de café al contenido del frasco y efectivamente llenó todos los espacios vacíos entre la arena. Los estudiantes reían en esta ocasión. Cuando la risa se apagaba, el profesor dijo: Sigue leyendo “Cuando te sientas agobiada… recuerda el frasco de mayonesa y café”

15 rasgos de las personas “altamente sensibles”

Puede que seamos personas muy sensibles pero no lo hemos identificado nunca.Ciertos rasgos de personalidad son relativamente comunes; una de cada cinco personas los posee. Ser altamente sensible tiene numerosas características positivas. Aquí tenemos algunas de las cualidades que comparten las personas altamente sensibles.

1. Sienten con mayor intensidad.
Les gusta procesar las cosas a un nivel más profundo. Son muy intuitivos, y llegan hasta el fondo de las cosas para llegar a descubrirlo todo.

2. Son más reactivos emocionalmente.
La gente más sensible reacciona más frente a cualquier situación. Por ejemplo, mostrarán más empatía y preocupación por los problemas de un amigo. También suelen preocuparse más por la reacción de otra persona ante a un suceso negativo.

3. Probablemente estén acostumbrados a oír: “No te lo tomes de forma personal” o “¿Por qué eres tan sensible?”
Dependiendo de la cultura, la sensibilidad se puede considerar un valor añadido o, por el contrario, algo negativo. En Norteamérica, la gente se burla con frecuencia de los hombres altamente sensibles, mientras que en otros países como Tailandia e India, los hombres sensibles no suelen ser objeto de burla. Por lo tanto, tiene mucho que ver con la cultura; en algunas sociedades, que te digan ‘¡Qué sensible eres!’ puede ser algo bueno.

4. Tienden a evitar deportes en grupo.
La gente altamente sensible tiende a evitar los deportes de equipo, en los que parece que todo el mundo está observando tus movimientos. Las personas sensibles prefieren deportes individuales, como hacer bicicleta o senderismo y salir a correr. Sin embargo, esto no siempre se cumple; también hay gente altamente sensible que, gracias a la comprensión y al apoyo de su familia, tiene más facilidad para participar en deportes de grupo.

5. Les cuesta más tomar decisiones.
Las personas altamente sensibles son más conscientes de las sutilezas y de los detalles que dificultan la toma de decisiones. Aunque no haya una decisión “acertada” o “equivocada” (por ejemplo, a la hora de elegir el sabor de un helado), las personas más sensibles tienden a tardar más en decidirse, puesto que sopesan cualquier consecuencia posible. Por otra parte, cuando una persona altamente sensible llega a la conclusión de cuál es la decisión adecuada y cuál no en una situación determinada, llevará a cabo con rapidez esa misma decisión en ocasiones futuras.

6. Se sienten más decepcionados que los demás al tomar una decisión “equivocada”.
¿Has experimentado alguna vez ese sentimiento desagradable al descubrir que has tomado una decisión errónea? En el caso de las personas altamente sensibles, “esa sensación se amplifica, pues su reactividad emocional es más alta”.

7. Son muy observadores.
Las personas altamente sensibles son las primeras en darse cuenta de los detalles de una habitación, de los zapatos que estrenas, o de los cambios del tiempo.

8. No todas las personas sensibles son introvertidas.
De hecho alrededor de un 30% de las personas altamente sensibles son extrovertidas. Las personas sensibles y extrovertidas han crecido en una comunidad estrechamente unida (puede que vivieran en un barrio residencial, en un pueblo pequeño, o que tuvieran mucha relación con sus familiares), por lo que les resulta más fácil interactuar con la gente.

9. Trabajan bien en ambientes de equipo.
Ya que las personas altamente sensibles les dan muchas vueltas a las cosas, trabajan muy bien en equipo. No obstante, son más adecuadas para puestos en los que no tienen que tomar una decisión final. Por ejemplo, si una persona sensible forma parte de un equipo médico, será buena analizando los pros y los contras que implica la operación de un paciente, pero es preferible que sea otra persona la encargada de decidir si ese paciente debe operarse o no. Sigue leyendo “15 rasgos de las personas “altamente sensibles””

Yo soy cara

            
 

Bienestar es una palabra que me despierta sospechas, o me da alergia, o ambas cosas. Escucho “bienestar” y me asaltan imágenes de matrimonios jóvenes haciendo picnics con el perro en una pradera en la que el césped parece cortado a máquina, o de parejas de ancianos tomando café al abrigo de un hogar a leña vestidos con ropa de lana suave y carísima, o de personas haciendo yoga al borde de un acantilado tailandés mientras atardece. No tengo nada contra las parejas jóvenes, los perros, los hogares a leña, los ancianos, la ropa de lana suave y carísima, el yoga, los atardeceres, y mucho menos contra los acantilados tailandeses, pero escucho la palabra bienestar y las imágenes que me evoca me remiten a una idea publicitaria de la vida: la existencia como una larga sucesión de cafeteras Nespresso, perros de raza y garages con puertas autodeslizantes. Un mundo donde sentirse bien no sólo es un derecho —y el máximo derecho— sino un deber —y el máximo deber; donde hay que evitar, a toda costa, lo desagradable, lo sucio, lo mínimamente sórdido; donde los preocupados, los melancólicos, los insatisfechos son un daño colateral incómodo y peligroso. Es una lectura ramplona, fácil, sensiblera, y hasta pasada de moda pero no puedo evitarla. Escucho “bienestar” y pienso en esos suplementos dominicales que hablan de “dietas sanas”, de la importancia de “realizar actividad física”, de “darse un tiempo para disfrutar de los pequeños placeres cotidianos”, mientras mi naturaleza —ramplona, fácil, sensiblera y pasada de moda— se pregunta qué dirán de esos suplementos los que comen cuando pueden y cuya única actividad física consiste en cargar ladrillos en una obra en construcción, los que no pueden darse tiempo para nada porque si llegan tarde les descuentan el día en el trabajo, y cuyo único placer cotidiano es tomar un baño por la noche, si es que al llegar a casa hay agua y con qué calentarla.

Pero supongo que tampoco hay que complicarse tanto.

El bienestar se define como un “sentimiento de satisfacción y tranquilidad”. Todos, antes o después, experimentamos algo así. Sólo que, parece, la satisfacción y la tranquilidad no me las dan a mí cosas como un delicioso paseo por el campo, ni una plácida estadía en una playa, ni siquiera el disfrute —argh, qué palabra— de un libro. Tampoco nada que pueda relacionarse a conceptos como “paz interior”, “contemplación” o “serenidad”. Ni, mucho menos, diez días entre sábanas Frette en el Ritz de París, un viaje en la primera clase de Singapur Airlines, un masaje en el mejor spa de Suiza, la compra de un Aston Martin, un anillo de diamantes o un zapatito de Jimmy Choo. Todo eso me parece bijouterie. Yo soy mucho más cara. Sigue leyendo “Yo soy cara”

La invitación

No me interesa saber cómo te ganas la vida. Quiero saber lo que ansías, y si te atreves a soñar con lo que tu corazón anhela.

No me interesa tu edad. Quiero saber si te arriesgarías a parecer un tonto por amor, por tus sueños, por la aventura de estar vivo.

No me interesa qué planetas están en cuadratura con tu Luna. Quiero saber si has llegado al centro de tu propia tristeza, si las traiciones de la vida te han abierto o si te has marchitado y cerrado por miedo a nuevos dolores. Quiero saber si puedes vivir con el dolor, con el mío o el tuyo, sin tratar de disimularlo, de atenuarlo ni de remediarlo.

Quiero saber si puedes experimentar con plenitud la alegría, la mía o la tuya, si puedes bailar con frenesí y dejar que el éxtasis te penetre hasta la punta de los dedos de los pies y las manos sin que tu prudencia nos llame a ser cuidadosos, a ser realistas, a recordar las limitaciones propias de nuestra condición humana.

No me interesa saber si lo que me cuentas es cierto. Quiero saber si puedes decepcionar a otra persona para ser fiel a ti mismo; si podrías soportar la acusación de traición y no traicionar a tu propia alma (…).

Quiero saber si puedes ver la belleza, aun cuando no sea agradable, cada día, y si puedes hacer que tu propia vida surja de su presencia.

Quiero saber si puedes vivir con el fracaso, el tuyo y el mío, y de pie en la orilla del lago gritarle a la plateada forma de la luna llena: “¡Sí!” Sigue leyendo “La invitación”

La vida como aprendizaje

“La verdadera profesión del ser humano es encontrar el camino hacia sí mismo” Hermann Hesse

La vida es un proceso pedagógico cuya principal finalidad es crecer, madurar y evolucionar como seres humanos, aprendiendo a ser felices por nosotros mismos, de manera que sepamos cómo amar a los demás y a la vida tal como son.

No hemos venido a este mundo a ganar dinero. Ni tampoco a proyectar una imagen del agrado de los demás, logrando éxito, estatus, respetabilidad y reconocimiento. Nuestra existencia como seres humanos tampoco está orientada a comprar, poseer y acumular cosas que no necesitamos. Ni mucho menos a evadirnos constantemente de nosotros mismos por medio del entretenimiento. De hecho, no estamos aquí –solamente– para sobrevivir física, emocional y económicamente.

Y entonces, ¿hay algún propósito más trascendente? ¿Para qué vivimos? Aunque cada uno está llamado a encontrar su propia respuesta, los sabios de todos los tiempos nos han invitado –una y otra vez– a ver la vida como «un continuo proceso de aprendizaje». Si bien el resto de mamíferos nacen como lo que son, nosotros nacemos todavía por hacer. Ser humanos es una potencialidad. De ahí que en un principio no vivamos de forma responsable, libre, madura y consciente. Todas estas cualidades y capacidades están latentes en nuestro interior. Y así siguen hasta que las desarrollamos a través de la comprensión y el entrenamiento.

No en vano, adoptar una postura victimista frente a nuestras circunstancias nos impide aprender y desplegar todo nuestro potencial. Sólo en la medida que padecemos la crisis de los cuarenta –orientando nuestra existencia a la transformación–, empezamos a cuestionar nuestro sistema de creencias, modificando –a su vez– nuestra escala de valores, prioridades y aspiraciones. Es entonces cuando decidimos que lo más importante es «aprender a ser felices por nosotros mismos». Es decir, a sentirnos realmente a gusto sin necesidad de ninguna persona, estímulo, cosa o circunstancia externa. Más que nada porque ¿de qué nos sirve llevar una vida de éxito y de abundancia material si nos sentimos vacíos e insatisfechos por dentro?

En general, solemos confundir la felicidad con el placer y la satisfacción que nos proporciona el consumo de bienes materiales. Y también con la euforia de conseguir lo que deseamos. Sin embargo, la verdadera felicidad no está relacionada con lo que hacemos ni con lo que poseemos. Aunque no es posible describirla con palabras, podría definirse como la ausencia de lucha, conflicto y sufrimiento internos. Por eso se dice que somos felices cuando nos aceptamos tal como somos y –desde un punto de vista emocional– sentimos que no nos falta de nada.

Y es que la felicidad no tiene ninguna causa externa: es nuestra verdadera naturaleza. Igual que no tenemos que hacer nada para ver –la vista surge como consecuencia natural al abrir los ojos–, tampoco tenemos que hacer nada para ser felices. Tanto la vista como la felicidad vienen de serie: son propiedades naturales e inherentes a nuestra condición humana. Así, nuestro esfuerzo consciente debe centrarse en eliminar todas las obstrucciones que nublan y distorsionan nuestra manera de pensar y de comportarnos, como el victimismo, la inseguridad, la impaciencia, el aburrimiento o el apego.

Más allá de aprender a ser felices por nosotros mismos, hemos venido al mundo a aprender a «sentir una paz invulnerable». Y para lograrla, hemos de trascender nuestro instinto de supervivencia emocional, que nos lleva a reaccionar mecánica e impulsivamente cada vez que la realidad no se adapta a nuestros deseos, necesidades y expectativas. Como descubrió el psicoterapeuta Viktor Frankl, «entre cualquier estímulo externo y nuestra consiguiente reacción, existe un espacio en el que tenemos la posibilidad de dar una respuesta más constructiva». Esta es la esencia de la proactividad.

Eso sí, para poder ser proactivos hemos de vivir conscientemente. Es decir, dándonos cuenta en todo momento y frente a cualquier situación de que no son las situaciones, sino nuestros pensamientos, los que determinan nuestro estado emocional. Al tener presente esta verdad fundamental, podemos entrenar el músculo de la aceptación en todas nuestras interacciones cotidianas. Sobre todo porque no hay mejor maestro que la vida ni mayor escuela de aprendizaje que nuestras propias circunstancias.

El reto consiste en aprender a aceptar a los demás tal como son y a fluir con las cosas tal como vienen. Y aceptar no quiere decir resignarse. Tampoco significa reprimirse ni ser indiferente. Ni siquiera es sinónimo de tolerar o estar de acuerdo. Y está muy lejos de ser un acto de debilidad, pasotismo, dejadez o inmovilidad. Más bien se trata de todo lo contrario. La auténtica aceptación nace de una profunda comprensión, e implica dejar de reaccionar impulsivamente para empezar a dar la respuesta más eficiente frente a cada situación. Así es como podemos cultivar y preservar nuestra paz interior. Tal como dijo el sabio Gerardo Schmedling, «aquello que no somos capaces de aceptar es la única causa de nuestro sufrimiento».

En la medida que aprendemos a ser felices por nosotros mismos –dejando de sufrir– y a sentir una paz invulnerable –dejando de reaccionar–, también aprendemos a «amarnos a nosotros mismos y a los demás». Y al hablar de amor no nos referimos al sentimiento, sino al comportamiento. De ahí que amar sea sinónimo de comprender, empatizar, aceptar, respetar, agradecer, valorar, perdonar, escuchar, atender, ofrecer, servir y, en definitiva, de aprovechar cada circunstancia de la vida para dar lo mejor de nosotros mismos.

Como dijo el sabio Anthony de Mello, «el amor beneficia en primer lugar al que ama y no tanto al que es amado». De ahí que limitar nuestra capacidad de amar nos perjudica –principalmente– a nosotros mismos. Además, cuanto más entrenamos los músculos de la responsabilidad (como motor de nuestra felicidad), la aceptación (como motor de nuestra paz interior) y el servicio (como motor de nuestro amor), más abundante y próspera se vuelve nuestra red de relaciones y vínculos afectivos.

Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿somos verdaderamente felices? ¿O más bien solemos sufrir? ¿Sentimos una paz invulnerable? ¿O más bien solemos reaccionar? ¿Nos amamos a nosotros mismos y, en consecuencia, a los demás? ¿O más bien seguimos luchando y creando conflictos? ¿Estamos dando lo mejor de nosotros mismos? ¿O más bien seguimos limitando nuestra capacidad de amar y de servir, esperando que sean los demás quienes se adapten a nuestros deseos y expectativas? Sean cuales sean las respuestas, cabe recordar que el aprendizaje es el camino y la meta de nuestra existencia. Así, el hecho de que estemos vivos implica que, seguramente, todavía tenemos mucho por aprender.

Borja Vilaseca

Fuente:borjavilaseca.com

vive tu sueño beachVive tu sueño y no sueñes tu vida ¡3ª edición!
“El destino me ha llevado a descubrir este libro cuando más necesitaba  palabras llenas de energía y de luz. Ha sido un vaso de agua fresquita en mi desierto alpino.” (Elena)
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*Conoce nuestros libros solidarios
*Conoce los autores del blog: Raül Córdoba y Raúl Romero

Si puedes…

Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en tí mismo cuando los demás dudan de tí,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
Si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduría…

Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen,
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo,
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
Si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho,
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas…

Si puedes hacer un puñado con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida,
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza, excepto La Voluntad que les dice “¡Continuad!”.

Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
Si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los seres humanos cuentan contigo pero ninguno demasiado;
Si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos,
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás humano, hijo mío.

Rudyar Kipling

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100 cosas para hacer que tu día sea más pleno

Así es, 100 cosas para hacer que tu día sea pleno. Desde ya. Aquí y ahora.

# 1 Sonreír.
# 2 Dar gracias por todo.
# 3 Dar las gracias a todos.
# 4 Ser consciente de cada cosa que hagas.
# 5 Disfrutar cada cosa que hagas.
# 6 Amar cada cosa que hagas.
# 7 Amar a cada persona que encuentres.
# 8 Amar todo lo que existe.
# 9 Amar el instante en el que vives.
# 10 Amar este momento.
# 11 Amar la vida tal y como está aquí y ahora.
# 12 Entender en cada momento que el otro no es más que una manifestación de ti mismo.
# 13 Entender que el universo entero reside en ti.
# 14 Saber que eres libre.
# 15 Saber no solo eso, sino que además deberías actuar como un ser libre.
# 16 Saber que nada ni nadie puede contigo, ya que eres libre.
# 17 Saber que no puede anularse tu libertad, como no puede anularse el sol, la vida, o las estrellas.
# 18 Imprimir amor a cada cosa que hagas.
# 19 Entender que no hay cosas más importantes que otras.
# 20 Entender que no hay nadie más importante que nadie.
# 21 Entender que, salvo amar, ninguna cosa es tan importante que no pueda esperar.
# 22 Tomar conciencia de que el momento de ahora, este momento, no volverá a repetirse.
# 23 Tomar conciencia de que ahora puedes hacer lo que quieras, de que ahora es tu momento, de que ahora puedes ser tú.
# 24 Tomar conciencia de que ahora, por fin, puedes liberarte de las cadenas que te atan (miedo, ira, dolor…).
# 25 Entender que eres divino.
# 26 Entender que tienes un propósito, un orden, una meta, un significado.
# 27 Entender que ninguna preocupación es tan grande como para anularte la dicha de vivir.
# 28 Entender que eres valios@.
# 29 Saber que aquí y ahora está todo lo que necesitas para vivir.
# 30 Saber que estar aquí ya es un milagro y debes aprovecharlo.
# 31 Saber que la felicidad es una realidad, no una posibilidad.
# 32 Sentirte agradecido por cada cosa que tengas.
# 33 Saber que tienes el poder de defender lo justo, lo correcto, lo que nos hace mejores, lo que nos eleva.
# 34 Hacerte consciente de todo lo que puedes hacer, de la inmensidad que albergas, del potencial que hay en ti. Sigue leyendo “100 cosas para hacer que tu día sea más pleno”