¿Por qué nos enamoramos más intensamente cuando estamos de viaje?

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Ya te pasó cuando, en tu tierna pubertad, te enamoraste del vecino de la casa en la que veraneábais. Luego te volvió a suceder durante ese campamento al que te empeñaste en no ir, pero del que volviste hecho un mar de lágrimas y con una dirección postal como único recordatorio de tu pasión adolescente. Luego te ha sucedido en festivales, durante el Erasmus, en el Interrail… No sabes cómo lo haces, pero es irte de viaje y volverte absolutamente loco/a de amor.

¿Lo peor? Vuelves inconsolable, absolutamente roto si sabes que no vas a ver pronto al objeto de tu efímero deseo, o indescriptiblemente emocionado si resulta que lo vuestro va para largo. Pero todo eso da igual: tú no haces más que rememorar la infinidad de momentos que habéis pasado juntos, como una edulcorada y emocionante sucesión de vines (el tiempo que habéis compartido no da ni para vídeo de Instagram). Es como si toda una vida hubiese tenido lugar en unas horas, y al ritmo de un remix veraniego. Y tú estabas tan ingenioso, y el otro estaba tan guapo, y habéis compartido tantas cosas importantes…

En fin, que te vuelves loco durante y después, ¡incluso si es tu pareja! Con ella, de prontoes fácil que sientas que todo marcha mejor que nunca, que volvéis a sentir el fuego de los inicios, que te entiende como cuando os acabábais de conocer y os pasábais noches sin dormir. Pero ¿por qué sucede todo esto exactamente? ¿Qué extraño mecanismo se pone en funcionamiento para que perdamos el control de esa forma cuando amor y aventura se unen? Le hemos pedido a Jaime Burque, psicólogo, que nos desvele el misterio. Y sí, se nota que sabe de lo que habla…

AL VIAJAR, TE RELAJAS Y TODO FLUYE

Burque lo tiene claro: “En nuestra vida diaria solemos tener hábitos, esquemas mentales y pautas de pensamientos que a veces son encorsetadas, negativas o rígidas. Cuando viajamos es como si rompiésemos en pedazos estos hábitos, y todo fluye con más fuerza.

Desaparecen actitudes como la necesidad de aprobación, el victimismo o la anticipación negativa, y ganamos en una visión más positiva y sana de las cosas”, explica. Además, en las relaciones de pareja, “se descontaminan los problemas de comunicación, ideas irracionales o susceptibilidades que puedan tener sus miembros”.

De esa forma, “nos quitamos inseguridades, miedos o etiquetas perniciosas que hacen quela relación con un desconocido fluya de manera más natural y nos atrevamos a más cosas”, continúa Burque. Es decir, que somos mucho más encantadores y abiertos cuando nos ponemos el chip de trotamundos. Si ya lo decíamos nosotros…

VIAJAR NOS HACE “FLORECER EMOCIONALMENTE”

Al estar de viaje “se generan una gran cantidad de emociones positivas en nuestro cuerpo, como la relajación, la ilusión, la alegría o la pasión, que producen un efecto dominó en nuestro cerebro; es lo que se llama florecer emocionalmente en psicología. Y cuanto más florecemos, más seguros estamos, más nos abrimos a la vida y más positivos nos volvemos, algo que tiene unas consecuencias espectaculares en el desarrollo de las relaciones afectivas”, nos explica Burque. Así que eso explica por qué nos creíamos tan chispeantes…

TENEMOS MÁS TIEMPO PARA COMPARTIR

“Compartir vivencias y experiencias -continúa Burque- une muchísimo, y crea lazos afectivos muy fuertes. Obviamente, eso es un caldo de cultivo maravilloso para el romance” (y sí, es lo que vemos en loop en nuestro cerebro cuando volvemos de viaje y cerramos los ojitos).

Asimismo, al tener más tiempo libre, podemos brindárselo completamente al otro:”Cuando viajamos dedicamos mucho más tiempo a las relaciones que en nuestro día a día y sobre todo, aumentamos nuestro tiempo de calidad, algo que a su vez genera más intimidad, más profundización en la relación, más intensidad, más desahogo, más empatía, nuevas conversaciones y reflexiones…Todo eso, por supuesto, mejora la afectividad”. (¿Cuándo has dicho que nos vamos de viaje, cariño…?)

Además, en ruta “desaparecen móviles, televisión, internet y demás distractores negativos de nuestra vida diaria, que suelen provocar que pasemos por encima de las relaciones interpersonales. De pronto, todas estas murallas caen, abriendo la posibilidad a relaciones más naturales, fluidas y plenas”, resume Burque. O sea, de las que nos gustan.

MINDFULNESS

Al estar en modo vacaciones, “nuestra atención plena o mindfulness se expande de manera extraordinaria, haciendo que vivamos mucho más nuestro presente y dejando de perder energía en darle vueltas a un pasado que ya pasó o a un futuro que no controlamos”, explica Burque. “Esto hace que nuestro cerebro dedique toda su capacidad al presente, ya sea viviendo al máximo una puesta de sol, una comida o la propia relación afectiva”.

LA NOVEDAD DEL VIAJE ENCIENDE LA CHISPA

“La excitación de vivir cosas nuevas, de lo que está por descubrir, se puede trasladar también al lado más emocional, provocando un chispazo afectivo entre dos personas que empiezan un romance o encendiendo la llama de la pasión en una relación de pareja”, concluye Burque.

Marta Sader
Fuente: traveler.es

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