Vive la vida

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El sol me da de lleno, mientras bebo sorbo a sorbo el café de la mañana. Ya es una costumbre, una rutina que me he inventado y que me encanta. Salir a desayunar a mi pequeño Edén. En él, los rayos pueden vestir un ratito mi piel, aunque llevo un escudo llamado factor 50 que me protege. Ni cuando desayuno dejo mi armadura…

Miro al frente, y veo el perfil del Tibidabo, que me observa y acompaña cada día. Escucho el sonido a mi alrededor. El viento que sopla, la voz de algún vecino, el ruido de una obra cercana… Pero nada me molesta. Mi Paraíso particular se viste de colores. Las flores ya han salido… Otras están por nacer. Como mi pelo. Tengo mi cabecita con un manto de césped negro muy fino, que lo va cubriendo. Creo que después de tanta lluvia, mi pelo también se ha activado… Aún queda mucho, pero ya no me brilla la calva, solo brillan los rayos de sol…

Mientras me recuesto en la silla, con mi taza entre las manos, me siento afortunada, y sonrío. A pesar de mi cáncer, ese alien que invadió silenciosamente mi pecho, del frenazo que ha supuesto… me he agarrado más fuerte a la vida. Soy consciente que mis semanas son livianas, que cada día es una aventura, solo hay una cita ineludible que las marca, mi chute de cada jueves. Ese día se ha convertido desde febrero, en el inicio de mis semanas, en mi punto de partida, en mi día gris, pero a la vez, en el de mi esperanza, de mi futuro, el de mi sanación.

Las ideas se amontonan como un collage. Cuando se juntan todas se convierten en un tornado capaz de levantarme unos metros de donde esté. Me gusta pensar en las cosas que he hecho, en las que hago y en todas aquellas que voy a hacer. No me gusta mucho planear, prefiero que la casualidad, el momento o el azar me vayan guiando…

Me doy cuenta que saboreo mejor la compañía de los míos, al natural, tal y como somos, la sal o la pimienta las vamos poniendo según el momento… El toque dulce lo pone la sonrisa de la pequeña hada que en septiembre apareció, después de nueve meses de espera, llena de luz, de energía, es un arco iris, que está siempre, pase lo que pase, y me reconforta después de la tormenta.

Me siento afortunada por estar tan bien rodeada. Así que quiero sonreír o mejor aún, vivir muriéndome de risa. Quiero mojarme con mis lágrimas, y secarme después con un largo abrazo. Morder bien fuerte para poder saborear, brindar con cada trago que beba y gritar hasta que no me quede aire, ni nada que decir. Disfrutar del aquí y ahora, aunque con fuerzas y ganas para hacerlo al día siguiente igual.

Me propongo acabar cosas pendientes, retomar algunas que tenía a medias y aprender muchas otras nuevas. Como por ejemplo, me viene a la cabeza… ¡patinar! Yo con unas ruedas en los pies… Se me puede considerar como una nueva arma de destrucción masiva, sería capaz de tumbar a todos los que estén a 100 m a mi alrededor. Quiero viajar, con mis amigas, a lo Thelma & Louise, y cenar en el Trastevere con mi chico (que minuto a minuto, está como batallón de apoyo en mi guerra), ya que nos quedó pendiente la última vez…

Quiero volver a conducir (aunque reconozco que no me gusta mucho ). Lo siento por el resto de conductores y peatones… Prometo solemnemente hacerlo con tranquilidad, sin insultar, sin convertirme en una loca al borde de un ataque de nervios… Necesito a alguien paciente que se preste a acompañarme durante los primeros días… Hay varios candidatos y candidatas, pero no los voy a nombrar, para que no huyan en estampida. De todos modos esperaré a acabar con mis chutes, porque creo que toda esa química me destruye alguna neurona, y a otras las deja más atontadas y desorientadas de lo habitual.

De momento, mientras libro mi Star Wars particular, disfruto de algunos minutos de calma que me dan mis días. El cansancio va en aumento, mi mente tira y tira, pero el cuerpo ya no acompaña, es un quiero y no puedo en toda regla. Tengo cosquilleos en manos y pies, pero puede más mi hormigueo de energía. También el insomnio y los sofocos (que muy a mi pesar han aumentado… Vaya veranito me espera, en breve pareceré una fogata de San Juan), son mi compañía más habitual por la noche… Bueno, y la respiración profunda de mi soldado particular, que cae rendido en la cama. Le cacareo con la boca, ¡pero solo obtengo cinco segundos de tregua! Mejor no decirle nada. Me pongo los cascos y un poco de música, mientras él sigue cantando su serenata… A veces más tranquila, otras veces con más marcha.

Pero aquí sentada, con mi café entre las manos, la vitamina D empapando mi cuerpo y la sonrisa en los labios, todo se soporta mejor, todo tiene un color más vivo. La brisa me refresca, nada me duele, todo lo puedo.

Tànit Sánchez
Fuente: mirandolasestrellas.wordpress

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